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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.5

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El señor Jesmond asintió haciendo un ademán con la cabeza.
-Muertes -murmuró Poirot, pensativo. Miró al señor Jesmond y añadió-: Esperemos que la cosa no llegue a esos extremos.
El señor Jesmond hizo un ruido extraño, parecido al de una gallina que hubiera decidido poner un huevo y luego cambiara de idea.
-No, no; claro que no --dijo con mucha compostura-. Estoy seguro de que no habrá nada de eso, ninguna necesidad de...
-No puede usted estar seguro. Sea quien fuere el que posea el rubí en este momento, puede que haya otros deseosos de apropiárselo y que no se detengan ante pequeñeces, amigo mío.
-De verdad creo innecesario -dijo el señor Jesmond, con mayor compostura aún- que nos metamos en especulaciones de esa clase. Son completamente inútiles.
Poirot pareció de pronto mucho más extranjero al responder:
-Yo considero todas las contingencias, como los políticos.
El señor Jesmond le miró, confuso. Recobrándose, dijo:
--Bueno, entonces decidido, ¿no es así, monsieur Poirot? ¿Va a ir usted a Kings Lacey?
-¿Y cómo explico mi presencia allí? -preguntó Hércules Poirot.
El señor Jesmond sonrió aliviado.
-Eso creo que podrá arreglarse muy fácilmente -dijo-. Le aseguro que arreglaremos las cosas para que su visita no suscite la más mínima sospecha. Verá usted lo encantadores que son los Lacey. Una pareja agradabilísima.
-¿Y no me engaña usted respecto a la calefacción central de petróleo?
-¡No, no, cómo voy a engañarle! -el señor Jesmond parecía muy dolido-. Le aseguro que encontrará usted allí toda clase de comodidades.
-Tout confort moderno -murmuró Poirot para sí, recordando-. Eh bien -dijo, decidiéndose-, acepto.


CAPITULO II


En el largo salón de Kings Lacey se disfrutaba una agradable temperatura de veinte grados. Poirot estaba hablando allí con la señora Lacey, junto a una de las grandes ventanas provistas de parteluces. La señora estaba entretenida con una labor. No hacía petit point ni bordaba flores en seda, sino que se dedicaba a la prosaica tarea de bastillar unos paños de cocina. Mientras cosía, hablaba con una voz suave y reflexiva que Poirot encontraba muy atractiva.
-Espero que disfrute con nuestra reunión de Navidad, monsieur Poirot. Sólo la familia. Mi nieta, un nieto, un amigo del chico, Bridget, mi sobrina nieta, Diana, una prima, y David Welwyn, un viejo amigo nuestro. Una reunión de familia nada más. pero Edwina Morecombe dijo que eso era precisamente lo que usted quería ver: unas Navidades a la antigua usanza.


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