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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.3

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Puede que hasta le parezca que en la casa hace demasiado calor.
-Eso es muy improbable.
Con la habilidad de la práctica, el señor Jesmond cambió de tema.
-Comprenderá usted que nos encontramos en una situación muy difícil -dijo en tono confidencial.
Hércules Poirot asintió con un movimiento de cabeza. El problema, desde luego, era desagradable. El único hijo y heredero del soberano de un nuevo e importante Estado había llegado a Londres unas semanas antes. Su país había pasado por una etapa de inquietud y de descontento. Aunque leal al padre, que se había conservado plenamente oriental, la opinión popular tenía ciertas dudas respecto al hijo. Sus locuras habían sido típicamente occidentales y, como tales, habían merecido la desaprobación del pueblo.
Sin embargo, acababan de ser anunciados sus esponsales. Iba a casarse con una joven de su misma sangre que, aunque educada en Cambridge, tenía buen cuidado de no mostrar en su país influencias occidentales. Se anunció la fecha de la boda y el joven príncipe había ido a Inglaterra, llevando consigo algunas de las famosas joyas de su familia, para que Cartier las reengarzara y modernizara. Entre las joyas había un rubí muy famoso extraído de un collar antiguo, recargado, y al que los famosos joyeros habían dado un aspecto nuevo. Hasta aquí todo iba bien, pero luego habían empezado las complicaciones. No podía esperarse que un joven tan rico y amigo de diversiones no cometiera alguna locura. Nadie se lo había censurado, porque todo el mundo espera que los príncipes jóvenes se diviertan. El que el príncipe llevara a su amiga de turno a dar un paseo por Bond Street y le regalara una pulsera de esmeraldas o un clip de brillantes, en prueba de agradecimiento por su compañía, hubiera sido la cosa más natural, y en cierta manera comparable a los «Cadillac» que su padre ofrecía invariablemente a su bailarina favorita del momento.
Pero el príncipe había llevado su indiscreción mucho más lejos. Halagado por el interés de la dama, le había mostrado el famoso rubí en su nuevo engaste, cometiendo la imprudencia de acceder a su deseo de dejárselo lucir, sólo una noche.
El final había sido corto y triste. La dama se había retirado de la mesa donde estaban cenando para empolvarse la nariz. Pasó el tiempo y la señora no volvió. Había salido del establecimiento por otra puerta y se había esfumado. Lo grave y triste del caso era que el rubí, en su nuevo engaste, también había desaparecido con ella.


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