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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.2

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Todo en él era discreto: su ropa de buen corte, pero nada llamativa, su voz agradable y educada, que casi nunca salía de su grata monotonía, su cabello castaño claro, que empezaba a escasear en las sienes, su rostro pálido y serio. A Hércules Poirot le parecía que había conocido en su vida no uno, sino una docena de señores Jesmond, y todos acababan por decir, más tarde o más temprano, la misma frase: «La situación es de lo más delicada.»
-Le advierto que la policía puede actuar con gran discreción -sugirió Poirot.
El señor Jesmond meneó la cabeza con energía.
-Nada de policía -HÜJO-. Para recuperar la... ¡ejem!, lo que queremos recuperar, sería casi inevitable iniciar procedimiento criminal... ¡y sabemos tan poco! Sospechamos, pero no sabemos.
-Tienen ustedes todas mis simpatías -volvió a decir Poirot.
Si creía que su simpatía iba a importarles algo a sus dos visitantes, estaba equivocado. No querían simpatía sino ayuda práctica. El señor Jesmond empezó a hablar de nuevo de la Navidad inglesa.
-La celebración de la Navidad, como se entendía en otros tiempos, está ya desapareciendo. Hoy en día la gente se va a pasarla a los hoteles. Pero una Navidad inglesa a la antigua usanza, con toda la familia reunida, las medias de los regalos de los niños, el árbol de Navidad, el pavo y el pudding de ciruelas, los crakers1. El muñeco de nieve junto a la ventana...
Hércules Poirot quiso ser exacto e intervino.
-Para hacer un muñeco de nieve -observó con severidad- hace falta nieve. Y no puede uno tener nieve de encargo, ni siquiera para una Navidad a la inglesa.
-He estado hablando hoy precisamente con un amigo mío del observatorio meteorológico -dijo el señor Jesmond- y me ha dicho que es muy probable que nieve estas Navidades.
No debió haber dicho semejante cosa. Hércules Poirot se estremeció con mayor violencia.
-¡Nieve en el campo! -dijo-. Eso sería aún más abominable. Una casa solariega de piedra, grande y fría.
-Nada de eso. Las casas han cambiado mucho en los últimos diez años. Tienen calefacción central de petróleo.
-¿De veras hay calefacción central de petróleo en Kings Lacey? -por vez primera, parecía vacilar.
El otro se apresuró a aprovechar la oportunidad.
-Claro que la tienen -dijo-, y también agua caliente. Hay radiadores en todas las habitaciones. Le aseguro a usted, querido monsieur Poirot, que Kings Lacey en invierno es en extremo confortable.


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