El misterio del jarrón azul (Agatha Christie) - pág.10
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-¿Alguna noticia? --le preguntó Jack con ansiedad.
-He averiguado toda la historia de la Casa de los Brezos. Primero fue alquilada por un viejo jardinero y su esposa. Él murió y su esposa fue a vivir con su hija. Luego la ocupó un constructor que la modernizó con gran éxito, vendiéndola a un caballero de la ciudad que solía ocuparla los fines de semana. Hará cosa de un año fue vendida a un matrimonio llamado Turner. Por lo que parece, una pareja bastante curiosa, y muy hermosa y exótica. Llevaban una vida muy tranquila, sin ver a nadie y apenas salían al jardín. El rumor que circulaba por aquí es que tenían miedo de algo... pero no creo que debamos darle crédito. Y de pronto un buen día se marcharon a primeras horas de la mañana y no volvieron a verles. Sus agentes recibieron una carta del señor Turner escrita desde Londres, en la que les daba instrucciones para que vendieran la casita lo más rápidamente posible. Vendieron los muebles, y la casa pasó a ser propiedad de un tal señor Mauleverer, que solo vivió en ella quince días... y luego puso un anuncio alquilándola amueblada. Las personas que ahora la habitan son un profesor de francés tuberculoso y su hija. Llevan en ella sólo diez días.
Jack recibió estas noticias en silencio.
-No creo que con eso adelantemos mucho -dijo al fin-. ¿Qué opina usted?
-Quiero que sepa alguna cosa más de los Turner -continuó Lavington sin inmutarse-. Se marcharon una mañana muy temprano, recuerde. Y por lo que he podido averiguar nadie les vio marchar.
Al señor Turner le han vuelto a ver... pero no he conseguido todavía encontrar a nadie que haya visto a la señora Turner.
Jack palideció.
-No es posible... no querrá usted insinuar...
-No se excite, jovencito. La influencia de cualquier persona en peligro de muerte... y especialmente de muerte violenta... es muy fuerte en el ambiente que la rodea. Estos alrededores pudieran haber absorbido esa influencia transmitiéndola por turno a un receptor conveniente... en este caso, usted.
-Pero, ¿por qué yo? -murmuró Jack rebelándose-. ¿Por qué no a otro que pudiera hacer algún bien?
-Usted considera esa fuerza inteligente e intencionada, en vez de ciega y mecánica. Yo no creo en las almas en pena buscando un punto con un propósito especial.
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