El misterio del jarrón azul (Agatha Christie) - pág.8
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-Uste
me perdonará, pero no lo creo. -Sufr
alucinaciones. -¿Despué
de las comidas? -No
por las mañanas. -N
es posible -dijo el doctor volviendo a encender su pipa que se había apagado. -L
aseguro, que oigo cosas que no oye nadie. -Sól
un hombre entre mil es capaz de ver los satélites de Júpiter. Porque los otros novecientos
noventa y nueve no lo vean no hay razón para dudar de su existencia, ni tampoco para llamar lunático a ese uno. -Los satélites de Júpiter son un hecho científico comprobado. -Es posible que sus alucinaciones de hoy puedan ser hechos científicos comprobados el día de mañana. A pesar suyo el tono seguro y reposado de Lavington iba causando su efecto en Jack, que se sintió consolado y animado. El doctor le estuvo mirando atentamente unos instantes, y luego asintió.
-Así está mejor -le dijo-. Lo malo de ustedes, los jóvenes, es que están tan convencidos de que no existe nada aparte de su filosofía propia, que ponen el grito en el cielo cuando sucede algo contrario a su opinión. Oigamos qué motivos tiene para pensar que está loco, y luego decidiremos si hemos de encerrarle.
Con toda la fidelidad que le fue posible, Jack le refirió la serie completa de sucesos. -Per
lo que no comprendo -terminó- es por qué esta mañana lo oí a las siete y media..., o
sea, cinco minutos más tarde. Lavington reflexionó unos instantes y luego preguntó: -¿Qué hora marca su reloj? -Las ocho menos cuarto -replicó Jack consultándolo. -Entonces, es bien sencillo. El mío marca las ocho menos veinte. El suyo va cinco minutos
adelantado. Ése es punto muy interesante e importante para mí... En realidad, es de un valor incalculable. -¿En qué sentido? Jack empezaba a interesarse. -Pues bien, la explicación evidente es que la primera mañana que usted oyó ese grito... pudo
ser una broma... o puede ser que no lo fuera. Y los días siguientes, usted se sugestionó de tal manera que lo oía exactamente a la misma hora. -Estoy seguro de que no.
-Conscientemente no, desde luego, pero ya sabe que el subconsciente gasta bromas muy curiosas. Pero de todas maneras esa explicación no basta. Si se tratara de un caso de sugestión, usted habría oído el grito a las siete y veinticinco de su reloj, y no cuando creyó que ya había pasado esa hora.
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