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El misterio del jarrón azul (Agatha Christie) - pág.5

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-Hermoso día, ¿verdad? -le gritó Jack alegremente, lamentando lo vulgar de su comentario.
-Sí; hace un día espléndido.
-Y bueno para el jardín, supongo.
La joven sonrió, descubriendo un hoyuelo fascinador.
-¡No por cierto! Lo que necesitan mis flores es agua. Vea qué secas están.
Jack, aceptando su invitación, se aproximó a la cerca que separaba el jardín del camino.
-A mí me parece que están perfectamente -comentó Jack bajo la mirada compasiva de la
muchacha. -El sol es bueno, ¿verdad? -dijo ella-. A las flores se las puede regar siempre, pero el sol les
da fortaleza y es muy bueno para la salud. Ya veo que monsieur está hoy muchísimo mejor.
Su tono alentador contrarió a Jack.
«Maldita sea -pensó-. Me parece que trata de curarme por sugestión.»
En tono irritado contestó: -Estoy perfectamente bien.
-Eso es bueno -repuso ella tratando de consolarle.
Jack tuvo la irritante sensación de que no le creía.
Estuvo jugando al golf un rato más y luego corrió a desayunar. Mientras comía se dio cuenta, y no por primera vez, de que era observado fijamente por un hombre que ocupaba la mesa contigua a la suya. Era un caballero de mediana edad y rostro enérgico. Llevaba una pequeña barba oscura y sus ojos grises y penetrantes y sus ademanes seguros le colocaban en las primeras filas de las clases profesionales. Jack sabía que su nombre era Lavington, y había oído rumores de que se trataba de un médico especialista muy conocido, pero como Jack no frecuentaba la calle Harley, el nombre no le decía nada.
Mas aquella mañana tuvo plena conciencia de la profunda observación a que era sometido, y se asustó. ¿Es que llevaba escrito en el rostro su secreto y todos podían verlo? ¿Acaso aquel hombre, gracias a su profesión, sabía lo que estaba sucediendo a su materia gris?
Jack estremecióse al pensarlo. ¿Era cierto? ¿Se estaría volviendo realmente loco? ¿Era una alucinación o una broma pesada?
Y de pronto se le ocurrió un medio muy sencillo para probar la solución. Hasta entonces había ido siempre solo a los campos de golf. ¿Y si alguien le acompañara? Entonces podrían ocurrir tres cosas: Que la voz no se oyera. Que la escucharan los dos, o... sólo él.
Aquella noche se dispuso a poner en práctica su plan.


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