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El misterio del jarrón azul (Agatha Christie) - pág.4

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Al fin meneó la cabeza sin dejar de mirarle.
-No he oído nada -replicó con aire ausente.
Fue como si le hubieran dado un mazazo en mitad de la frente. Su sinceridad era tal que no pudo por menos que creerla. Sin embargo, no era posible que lo hubiera imaginado... imposible... imposible... Oyó su voz diciéndole en tono amable... casi con simpatía:
-¿Sufre usted la neurosis producida por los bombardeos?
En un instante comprendió la mirada de temor, y sus deseos de echar a correr hacia la casa. Pensaba que sufría alucinaciones.
Y luego, como una ducha de agua fría vino aquel terrible pensamiento: ¿Estaría en lo cierto? ¿Sufriría alucinaciones? Obsesionado por aquella idea espantosa, se alejó tambaleándose sin pronunciar palabra. La muchacha le miró marchar meneando la cabeza, e inclinándose de nuevo continuó
arrancando las malas hierbas.
Jack procuró razonar a solas consigo mismo.
-Si oigo otra vez ese condenado grito a las siete y veinticinco -se dijo-, es que sufro alguna
alucinación.
Estuvo todo el día nervioso y se acostó temprano decidido a hacer la prueba a la mañana siguiente.
Y como es natural en estos casos, pasó media noche despierto, y por la mañana durmió más de lo debido. Eran ya las siete y veinte cuando salió del hotel en dirección a las pistas, comprendiendo que no lograría llegar al lugar fatídico a las siete y veinticinco, pero sin duda, si la voz era una alucinación habría de oírla en cualquier parte. Corrió cuanto pudo con los ojos puestos en las manecillas del reloj.
Las siete y veinticinco. Desde lejos le llegó el eco de una voz de mujer gritando. No pudo entender las palabras, pero estaba convencido de que era la misma llamada de socorro que oyera antes, y que venía del mismo punto... de las cercanías de la casita.
Por extraño que parezca, aquello le tranquilizó. Al fin y al cabo tal vez se tratase de una broma. Aunque le extrañase, quizá la propia muchacha le estuviese engañando. Irguió los hombros y sacando el palo de su saco de golf se dispuso a jugar unos cuantos hoyos hasta acercarse a la casa.
La joven estaba en el jardín como de costumbre; la saludó con la gorra en la mano y cuando ella
le dio tímidamente los buenos días le pareció más bonita que nunca.


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