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El misterio de Market Basing (Agatha Christie) - pág.7

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Una pedía dinero, la otra se lo negaba de manera airada. Oculto tras de un arbusto vio a dos hombres pasar y repasar por delante de la iluminada ventana. Uno, lo conocía bien, era míster Protheroe; el otro le era desconocido, pero sus señas coincidían totalmente con las de míster Parker.
Estaba ahora claro que los Parker habían ido a Leigh House para hacer víctima de un chantaje a Protheroe y cuando más adelante se descubrió que su verdadero nombre era en realidad Wendover, ex teniente de la Armada y que estuvo relacionado en 1910 con la explosión del crucero Merrythought, el caso se aclaró rápidamente. Parker, que sabía el papel desempeñado por Wendover, le siguió los pasos y le pidió dinero a cambio de mantener la boca cerrada. Pero el otro se negó a dárselo. En el curso de la disputa, Wendover sacó el revólver, Parker se lo arrancó de la mano e hizo fuego, tratando luego de dar al crimen la apariencia de un suicidio.


Parker fue llevado a juicio reservándose la defensa. Nosotros habíamos asistido a los procedimientos del tribunal. Al salir Poirot meneó la cabeza.
-Así debe ser -murmuró-. Sí, así debe ser. No es posible demorarse.
Entró en Correos y escribió unas líneas que envió por mensajero especial. Yo no vi a quién iba dirigida la nota. Después volvimos a la fonda, donde nos hospedábamos desde aquel memorable fin de semana.
Poirot iba y venía sin cesar desde el fondo de la habitación a la ventana.
-Espero visita -me explicó-. ¿Me habré equivocado? No, no es posible. No, aquí está.
Y con no floja sorpresa por mi parte vi entrar a miss Clegg en la habitación. Me pareció menos serena que de costumbre y llegaba jadeando como si hubiera venido corriendo. Vi brillar el miedo en sus ojos cuando miró a Poirot.
-Siéntese, mademoiselle -le dijo amablemente mi amigo-. He adivinado, ¿verdad?
Ella pareció indecisa y prorrumpió en llanto por toda respuesta.
-¿Por qué hizo eso? ¿Por qué? -dijo suavemente Poirot.
-Porque le amaba mucho -repuso ella-. Yo le cuidé desde la infancia. ¡Oh, tenga piedad de mí!
-Haré por usted cuanto sea posible. Pero no podía permitir, compréndalo, que ahorcasen a un inocente por bribón y desagradable que pueda ser.
Miss Clegg se irguió y dijo en voz baja:
-Quizá yo tampoco lo hubiera permitido al final. Haga lo que juzgue conveniente.


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