El misterio de Market Basing (Agatha Christie) - pág.2
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-Estoy de vacaciones -dijo Japp apresuradamente-. No me dé trabajo. ¿De qué se trata?
-De un caballero que habita en Leigh Hall. Se ha disparado un tiro en la cabeza.
-Supongo que habrá sido por deudas... o por una mujer. Es lo usual. Lamento no poder ayudarle, Pollard.
-El caso es que no ha podido verificar el hecho por sí solo. Así lo cree el doctor Giles.
Japp dejó la taza sobre el platillo.
-¿Que no ha podido suicidarse solo? ¿Qué quiere decir?
-Es lo que afirma el doctor -repuso Pollard-. Dice que es totalmente imposible. Esa muerte le deja perplejo porque lo mismo la puerta que la ventana de la habitación están cerradas por dentro con llave y cerrojo, pero se aferra a su opinión de que el caballero no se ha suicidado.
Esto zanjó la cuestión. Huevos y jamón se dejaron a un lado y pocos minutos después avanzamos todos a buen paso en dirección a Leigh Hall, mientras Japp dirigía ansiosas preguntas al agente.
El nombre del difunto era Walter Protheroe; era hombre de edad madura y tenía algo de retraído. Llegó a Market Basing ocho años atrás y alquiló la casa, vieja mansión, casi derruida, estropeada, viviendo en un ala, atendido por el ama de llaves que había traído consigo.
Esta última se llamaba miss Clegg y era una mujer superior, a la que todo el pueblo consideraba. Míster Protheroe tenía huéspedes llegados al pueblo hacía muy poco: míster y mistress Parker, de Londres. En aquella mañana miss Clegg había llamado en vano a la puerta de la habitación de su amo y al reparar en que estaba cerrada se alarmó y llamó a la policía y al médico. El agente Pollard y el doctor Giles llegaron a un tiempo. Los esfuerzos unidos lograron echar abajo la puerta de roble del dormitorio.
Míster Protheroe apareció tendido en el suelo. Presentaba un tiro en la cabeza y tenía asida la pistola con la mano derecha. Era evidente que se trataba en realidad de un suicidio.
Sin embargo, al examinar el cadáver, el doctor Giles quedó visiblemente perplejo y finalmente se llevó al agente aparte y le comunicó el motivo de su perplejidad; Pollard pensó al punto en Japp y dejando al doctor en la casa corrió a la fonda para avisarnos de lo ocurrido.
Cuando concluía su relato llegamos a Leigh House, edificio inmenso, desolado, rodeado de un jardín descuidado y lleno de cizaña.
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