El club de los martes (Agatha Christie) - pág.2
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-No es eso lo que he querido decir. No hablaba de filosofía -dijo-. Pensaba sólo en hechos meramente prosaicos, cosas que han sucedido y que nadie ha sabido explicar.
-Sé a qué te refieres, querido -contestó miss Marple-. Por ejemplo, miss Carruthers tuvo una experiencia muy extraña ayer por la mañana. Compró medio kilo de camarones en la tienda de Elliot. Luego fue a un par de tiendas más y, cuando llegó a su casa, descubrió que no tenía los camarones. Volvió a los dos establecimientos que había visitado antes, pero los camarones habían desaparecido. A mí eso me parece muy curioso.
-Una historia bien extraña -dijo sir Henry en tono grave.
-Claro que hay toda clase de posibles explicaciones
-replicó miss Marple con las mejillas sonrojadas por la excitación-. Por ejemplo, cualquiera pudo...
-Mi querida tía -la interrumpió Raymond West con cierto regocijo-, no me refiero a esa clase de incidentes pueblerinos. Pensaba en crímenes y desapariciones, en esa clase de cosas de las que podría hablarnos largo y tendido sir Henry si quisiera.
-Pero yo nunca hablo de mi trabajo -respondió sir Henry con modestia-. No, nunca hablo de mi trabajo.
Sir Henry Clithering había sido hasta muy recientemente comisionado de Scotland Yard.
-Supongo que hay muchos crímenes y delitos que la policía nunca logra esclarecer -dijo Joyce Lempriére.
-Creo que es un hecho admitido -dijo Mr. Petherick.
-Me pregunto qué clase de cerebro puede enfrentarse con más éxito a un misterio -dijo Raymond West-. Siempre he pensado que el policía corriente debe tener el lastre de su falta de imaginación.
-Esa es la opinión de los profanos -replicó sir Henry con sequedad.
-Si realmente quiere una buena ayuda -dijo Joyce con una sonrisa-, para psicología e imaginación, acuda al escritor
Y dedicó una irónica inclinación de cabeza a Raymond, que permaneció serio.
-El arte de escribir nos proporciona una visión interior de la naturaleza humana -agregó en tono grave-. Y tal vez el escritor ve detalles que le pasarían por alto a una persona normal.
-Ya sé, querido -intervino miss Marple-, que tus libros son muy interesantes, pero, ¿tú crees que la gente es en realidad tan poco agradable como tú la pintas?
-Mi querida tía -contestó Raymond con amabilidad-, quédate con tus ideas y que no permita el cielo que yo las destroce en ningún sentido.
-Quiero decir -continuó miss Marple frunciendo un poco el entrecejo al contar los puntos de su labor- que a mí muchas personas no me parecen ni buenas ni malas, si no sencillamente muy tontas.
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