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Doble pista (Agatha Christie) - pág.6

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El señor Hardman miraba el papel. Al fin dijo:
-¡Sorprendente! Prefiero soslayar un posible escándalo. Le concedo carta blanca, monsieur Poirot. Estoy seguro de que será discreto.
Un taxi nos condujo al hotel Carlton, donde Poirot se hizo anunciar a la condesa Rossakoff. Minutos después nos hallábamos en sus dependencias. La condesa salió a nuestro encuentro con las manos extendidas, envuelta en un bello conjunto de dibujos primitivos.
-¡Monsieur Poirot! -exclamó-. ¿Lo ha conseguido? ¿Está ya libre de acusación el pobre infante?
-Madame la comtesse, su amigo el señor Parker es inocente.
-¡Es usted un hombrecillo inteligente! ¡Soberbio! Y, además, muy rápido.
-También he prometido al señor Hardman que las joyas le serán devueltas hoy.
-¿Ah, sí?
-Madame, le agradecería muchísimo que me las entregase sin demora. Lamento tener que presionarla, pero me espera un taxi por si es necesario ir a Scotland Yard. Nosotros los belgas, madame, practicamos ese deporte que se llama economía.
La condesa había encendido un cigarrillo. Durante unos segundos quedó inmóvil, soplando anillas de humo, con los ojos fijos en Poirot. Luego estalló en carcajadas, se puso en pie, se encaminó hasta su secreter, abrió un cajón y sacó un bolso de seda negro, que echó a Poirot.
El tono de su voz fue suave, y con cierto deje de indiferencia.
-Nosotros los rusos, por el contrario, practicamos la prodigalidad. Y para esto, desgraciadamente, se necesita dinero. No es preciso que mire su interior. Están todas.
Poirot se levantó.
-Le felicito, madame, por su inteligencia y prontitud.
-Puesto que le aguarda un taxi, ¿puedo ayudarle...?
-Es usted muy amable, madame. ¿Se queda mucho tiempo en Londres?
-Temo que no, debido a usted.
-Acepte mis excusas.
-¿Nos veremos en otra ocasión?
-Así lo espero.
-Yo no lo deseo -exclamó la condesa riéndose-. El mío es un gran cumplido; hay muy pocos hombres en el mundo a quienes yo tema. Adiós, monsieur Poirot.
-Adiós, madame la comtesse. Ah, disculpe, me olvidaba; permítame que le devuelva su cigarrera.
Y con una inclinación, le entregó la pequeña cigarrera negra de moaré que habíamos hallado en la caja. La aceptó sin ningún cambio de expresión, salvo una ceja levantada al murmurar:
-Comprendo.


-¡Vaya mujer! -gritó Poirot entusiasmado mientras descendíamos las escaleras-. Mon Dieu, quelle femme! ¡Ni una palabra de protesta, ni una exclamación de protesta! Una mirada, y ya ha sabido cuál era su situación.


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