Doble pista (Agatha Christie) - pág.4
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Como se suele decir, golpeemos el hierro caliente.
Parker estaba en casa. Lo encontramos reclinado sobre almohadones, con un llamativo batín púrpura y naranja. Raras veces he sentido tan desagradable impresión como la experimentada al ver a este joven de rostro blanco, afeminado y de lenguaje pomposo.
-Buenos días, monsieur -dijo Poirot-. Vengo de casa del señor Hardman. Ayer, durante la fiesta, alguien robó todas sus joyas. Dígame, ¿este guante es suyo?
Los reflejos del joven, parecían embotados. Necesitó demasiado tiempo para estudiarlo, como si tratase de ganar minutos para así ordenar sus ideas. Al fin preguntó:
-¿Dónde lo encontró?
-¿Es suyo, monsieur?
El señor Parker se decidió:
-No, no lo es.
-¿Y esta cigarrera es suya?
-Tampoco. Siempre llevo una de plata.
-Muy bien, monsieur. Pondré el asunto en manos de la policía.
-¡Yo no haría eso si fuese usted! -gritó Parker-. ¡Recurrir a una gente tan antipática! Espere un poco. Iré a ver al viejo Hardman.
Seguí a Poirot, que se marchó sin hacerle caso.
-Le hemos dado algo en qué pensar -se rió-. Mañana sabremos lo ocurrido.
Sin embargo, el destino se empeñó en recordar el asunto Hardman aquella tarde. Sin previa advertencia, la puerta se abrió para dar paso a un torbellino de forma de mujer que vino a romper nuestra intimidad. La condesa Vera Rossakoff tenía una personalidad turbadora.
-¿Es usted monsieur Poirot? ¿Cómo se atreve a culpar a ese pobre muchacho? ¡Es una infamia! Ese joven es un polluelo, un cordero. ¡Jamás robaría! No pienso permitir que sea martirizado.
-Dígame, madame, ¿esta cigarrera es de él? -Poirot le enseñó la cigarrera de moaré negro.
La condesa empleó un momento en inspeccionarla.
-Sí, es suya. La conozco muy bien. ¿Y qué? ¿La encontró en casa del señor Hardman? Debió de perderla allí. Ustedes, los policías, son peores que la guardia roja.
-¿Es suyo este guante?
-¿Cómo voy a saberlo? Un guante se parece mucho a otro. Eso no justifica que se le prive de libertad. Tienen que aclarar su inocencia. ¿Lo hará usted? Venderé mis joyas y le pagaré bien por ello.
-Madame...
-¿De acuerdo, pues? No, no discuta. ¡Pobre muchacho! Vino a mí con lágrimas en los ojos. «Yo le salvaré -le dije-. ¡Iré a ver a ese hombre, a ese ogro, a ese monstruo!» Ahora ya está resuelto. Me voy.
Con la misma ceremonia que había entrado, desapareció de la estancia, dejando un intenso perfume de naturaleza exótica tras sí.
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