Doble pista (Agatha Christie) - pág.2
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-Esperaba esta pregunta, monsieur Poirot. Sí, tres de ellos: la condesa Vera Rossakoff, el señor Bernard Parker y lady Runcorn.
-Bien, cuente algo sobre ellos.
-La condesa Rossakoff es una rusa encantadora, miembro del antiguo régimen. Hace poco que vive en este país. Se había despedido de mí y, por lo tanto, me sorprendió encontrarla en esta habitación, aparentemente mirando hechizada mi vitrina de abanicos. ¿Sabe una cosa, señor Poirot? Cuanto más pienso en ello, más sospechoso me parece. ¿Usted qué dice a eso?
-Sí, es muy sospechosa; pero hábleme de los otros.
-Parker vino a recoger una caja de miniaturas que yo deseaba mostrar a lady Runcorn.
-¿Y lady Runcorn?
-Lady Runcorn es una señora de mediana edad que invierte la mayor parte de su tiempo en asuntos de caridad. Ella regresó a recoger su bolso que se había dejado en alguna parte.
-Bien, monsieur. Así, pues, tenemos cuatro posibles sospechosos. La condesa rusa, la gran dame inglesa, el millonario sudafricano y el señor Bernard Parker. ¿Qué es el señor Parker?
La pregunta pareció aturdir al señor Hardman.
-Es... un joven... bueno, un joven que conozco.
-Eso ya me lo imagino -replicó Poirot-. ¿A qué se dedica?
-Verá... frecuenta los casinos... claro que no navega muy bien, ¿me comprende?
-¿Puedo preguntar cómo se hizo amigo suyo?
-Pues... en una o dos ocasiones ha realizado pequeños encargos míos.
-Continúe, monsieur.
Hardman lo miró lastimeramente. Desde luego, lo último que deseaba era continuar. No obstante, el inexorable silencio de Poirot le hizo hablar.
-Verá... monsieur; usted ya conoce mi interés por las joyas antiguas. A veces surgen herencias familiares..., en fin, son joyas que nunca se venderían en el mercado o a través de un profesional. Ahora bien, esas familias se avienen cuando saben que son para mí. Parker arregla los detalles, sirve de puente y evita situaciones embarazosas. Por ejemplo, la condesa Rossakoff ha traído algunas joyas de Rusia y quiere venderlas. Parker es el encargado de tramitar los detalles de la operación.
-Comprendo -dijo Poirot pensativo-. ¿Y usted confía plenamente en él?
-No tengo motivos para otra cosa.
-Señor Hardman, de estas cuatro personas, ¿de cuál sospecha usted?
-¡Monsieur Poirot, qué pregunta! Son mis amigos. En realidad no sospecho de ninguno en particular, y, a la vez, sospecho de todos.
-No estoy de acuerdo. Usted piensa en uno de los cuatro. No en la condesa Rossakoff, ni en el señor Parker.
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