Diez negritos (Agatha Christie) - pág.120
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De repente lancé una exclamación e invité al doctor a que se acercase al borde para darse cuenta de si había una cueva más abajo. Sin desconfiar, se inclinó y no tuve más que empujarle para precipitarle al mar.
Volví a la casa y sin duda mis pisadas las oyó Blove. Entré en el cuarto de Armstrong para volver a salir y producir esta vez ruido suficiente para que me oyesen.
Una puerta se abrió y bajé la escalera. Debieron verme cuando salía. Un minuto o dos pasaron antes de que los dos hombres se lanzaran a mi captura. Di la vuelta a la casa y entré por la ventana del comedor, que había dejado abierta. Después de cerrarla rompí el cristal y subí a echarme en mi cama «para hacer el muerto».
Era fácil prever que de nuevo registrarían la casa para ver si se escondía el doctor, pero sin examinar detenidamente los cadáveres. Lo necesario para asegurarse que Armstrong no les jugaba una mala pasada al sustituirse por una de las víctimas.
Olvidaba decir que el revólver lo puse en la mesilla de noche de Lombard. Lo tuve escondido en el armario de la cocina que contenía muchas conservas, dentro de un bote de bizcochos de los que estaban debajo, pues pensaba que no iban a abrirlos todos.
La cortina, muy bien doblada, la puse debajo del tapiz persa que recubría el asiento de una de las sillas del salón y la lana en el cojín de la butaca después de haberle hecho una abertura.
Llegó entonces el momento que esperaba con más ansiedad; quedaban sólo tres personas en la isla, horrorizadas las unas de las otras y podía ocurrir lo peor... y una tenía revólver.
Los espiaba desde las ventanas de la casa y cuando vi a Blove acercarse solo, cogí el bloque de mármol dispuesto al borde de la ventana. Así acabé con Blove.
Vi cómo Vera Claythorne descargaba el revólver sobre Lombard. Estaba seguro que esa joven audaz era de la talla de Lombard para enfrentarse con él.
Inmediatamente dispuse la decoración en el cuarto de Vera y esperaba ansiosamente el resultado de esta experiencia psicológica. La tensión nerviosa producida por el homicidio que acababa de realizar, la fuerza hipnótica del ambiente y los remordimientos de su falta, ¿serian suficientes?
No me engañé. Se ahorcó delante de mis ojos, pues estaba escondido en la oscuridad del armario y seguí todos sus movimientos.
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