Diez negritos (Agatha Christie) - pág.118
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Según todos los datos recogidos sobre mis futuras víctimas, les tendí el anzuelo apropiado a cada una de ellas y, conforme a mis previsiones, todos desembarcaron el 8 de agosto en la isla del Negro. Yo me mezclé con ellos en calidad de invitado.
La suerte de Morris estaba ya echada de antemano.
Como sufría de indigestión le ofrecí, antes de mi salida de Londres, una píldora para que la tomase por las noches al acostarse. Le dije que le sentaría muy bien sobre los jugos gástricos. La aceptó sin ninguna desconfianza. Le conocía lo bastante para saber que no dejaría ningún documento comprometedor.
Con cuidado meticuloso preparé el orden de los crímenes entre mis invitados. Primero desaparecían los menos culpables. De esta forma los sufrimientos mentales prolongados serían reservados a los más culpables.
Anthony Marston y la señora Rogers fueron los primeros. Estaba seguro de que la mujer de Rogers había cedido bajo la influencia de su marido, el principal responsable de su crimen.
Se puede adquirir cianuro de potasa para destruir las avispas. Llevé una pequeña dosis que puse en el vaso de Marston cuando el disco del gramófono se oía.
Sería inútil añadir que durante esta ocupación observaba a mis invitados. Mi larga experiencia del tribunal me permitió afirmar, sin duda alguna, que todos tenían un crimen sobre su conciencia.
En mis recientes crisis, muy dolorosas, el médico me recetó una ligera dosis de cloral para dormir.
Había suprimido este soporífero y lo guardaba hasta que tuve una cantidad suficiente para poder matar a una persona.
Cuando Rogers trajo el coñac para su mujer, lo dejó sobre la mesa.
En esos momentos, las sospechas no habían nacido en nuestro grupo y me fue fácil echarlo en el vaso cuando pasaba al lado de la mesa.
El general MacArthur murió sin sufrimientos. Escogí el momento oportuno para irme de la terraza y deslizarme sin ruido detrás de él.
Como estaba ensimismado en sus pensamientos no me oyó llegar.
Tal como lo había previsto, registraron la isla de arriba abajo. Todos convinieron en que no éramos más que siete en la isla, lo que provocó entre ellos un ambiente de sospechas.
Según el plan trazado debía procurarme un cómplice cuando las sospechas hubiesen aparecido. Escogí al doctor Armstrong para desempeñar este papel. Todas sus sospechas se dirigían sobre Lombard y yo pretendí compartir su punto de vista. Le expuse una estratagema con el fin de coger al criminal en la trampa.
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