Diez negritos (Agatha Christie) - pág.116
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Me he creado la reputación de conducir a la gente al patíbulo con alegría. Nada más falso. Constantemente me esforzaba por respetar la verdad con la exposición final que precede a las deliberaciones del jurado.
Desde hace algunos años he comprobado en mí un cambio; deseaba actuar más que jugar... quería cometer yo mismo un crimen. Deseo comparable, quizás, al esfuerzo de un artista por exteriorizarse.
Me era necesario cometer un crimen... pero un crimen sensacional... fantástico.
Mi sentimiento innato de la justicia intervino en la elección de la víctima; un inocente no debía sufrir.
Una idea extraordinaria brotó en mi cerebro en una conversación que tuve por casualidad con un médico. Me hacía observar que muchos crímenes escapan a la justicia y quedan impunes.
Citaba como ejemplo el caso de una solterona que acababa de morir. Su cliente tenia a su servicio un matrimonio que le había dejado morir, omitiendo a conciencia el darle la medicina prescrita por él. Esos servidores, herederos de una bonita suma, se escapaban a toda persecución judicial. No obstante, el médico estaba convencido de su culpabilidad.
Esta confidencia me abrió nuevas perspectivas insospechadas. Decidí cometer no un solo crimen, sino una serie de ellos.
Una canción de cuna aprendida en mi niñez volvió a mi espíritu, la ronda de los Diez Negritos. Apenas tenía yo diez años y me sorprendió la suerte reservada a esos diez negritos, cuyo número disminuía a cada copla.
Me puse en busca de mis víctimas.
En un sanatorio donde estuve algún tiempo para operarme, una enfermera, inscrita en una sociedad contra el alcoholismo, me cuidaba. Para demostrarme los efectos perniciosos del alcohol, me citaba el caso ocurrido hace muchos años en el hospital de Londres; un médico alcoholizado había matado a una mujer que estaba operando. Yo le pregunté en qué hospital había trabajado y pude documentarme sobre el homicidio por imprudencia que había cometido el doctor Armstrong.
Una conversación entre dos oficiales retirados, en mi casino, me puso sobre la pista del general MacArthur.
Un individuo recientemente venido de las orillas del Amazonas me reveló las aventuras de un cierto Philip Lombard.
La historia puritana de Emily Brent y su desgraciada criada me la contó en la isla de Mallorca un compatriota, indignado con la solterona, por su corazón de piedra.
En cuanto al inspector Blove, cayó en mis manos cuando unos colegas discutían sobre el juicio de Landor.
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