Diez negritos (Agatha Christie) - pág.115
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Pero ¿dónde se ocultaba y cómo se ha ido? Los habitantes de Sticklehaven están absolutamente seguros de que nadie ha podido irse de la isla antes que llegase la canoa de salvamento... Pero en ese caso...
Se interrumpió.
Repitió sir Thomas como el eco:
-Pero en ese caso...
El inspector suspiró, inclinó la cabeza y echándose hacia delante, preguntó:
-Pero en ese caso, diga, ¿quién los ha asesinado?
DOCUMENTO MANUSCRITO ENVIADO
A SCOTLAND YARD POR EL CAPITÁN
DEL BARCO «EHNA JUANA»
Tengo una naturaleza muy compleja y de una imaginación exuberante. Cuando era niño me entusiasmaban las novelas de aventuras y me apasionaba por los relatos marinos en los que un documento muy importante se introducía en una botella y se la confiaba a las olas del océano.
Este procedimiento conserva todavía a mis ojos su romanticismo y es por ello que hoy lo he adoptado. Hay una probabilidad contra ciento de que mi confesión escrita sobre estas páginas y puesta dentro de una botella lanzada al mar esclarezca un día el misterio de los diez cadáveres encontrados en la isla del Negro, y que éste haya permanecido hasta ahora inexplicable. (¿Puedo vanagloriarme?)
Desde mi infancia, me he complacido en ver morir o dar yo mismo la muerte. Yo buscaba a las avispas para destruirlas y toda clase de insectos perjudiciales en el jardín de mis padres. Sentía una cierta alegría sádica por matar...
Por otra parte, sorprendente contradicción, estoy imbuido en un muy elevado sentido de la justicia y me subleva la idea de que un ser inocente pueda sufrir y morir por mi culpa. Siempre he deseado el triunfo del Derecho.
Una mentalidad como la mía debía guiarme para escoger una profesión, y así entré en la Magistratura. Ahí mis deseos de justicia se desarrollaron y me apliqué concienzudamente al castigo del crimen. Cuanto más avanzaba en mi carrera y llegué a presidir los Tribunales, no tenía ningún placer en ver a un inocente en el banquillo de los acusados. Reconozco que gracias a la habilidad y celo de los policías, la mayor parte de los acusados eran culpables de los crímenes que les imputaban.
Ese fue el caso de Edward Seton. Su actitud y sus maneras impresionaron favorablemente al jurado. Pero las pruebas recogidas en el sumario no dejaban ningún resquicio a dudar de su culpabilidad. Abusando de la confianza de una vieja, Seton la había asesinado.
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