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Diez negritos (Agatha Christie) - pág.108

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No podía, su cansancio era muy grande. Pero antes de subir entró en el comedor y vio tres negritos de porcelana que quedaban aún en el centro de la mesa.
Se echó a reír diciendo:
-Me parece que os habéis retrasado, mis pequeños amigos.
Cogió dos y los tiró por el ventanal. Se rompieron en la terraza, y recogiendo el tercero le habló así:
-Ven conmigo, pequeño. Hemos ganado la partida... ¡la hemos ganado!
El vestíbulo no estaba iluminado más que por la débil luz del crepúsculo. Subió las escaleras despacio con el negrito en su mano. El cansancio entorpecía sus pasos.
Un negrito se encontraba solo.

¿Cómo termina esa canción? ¡Ah; ya me acuerdo!

Se casó y no quedó ninguno.

¡Casarse! ¡Qué raro! Tuvo nuevamente la impresión de que Hugo estaba en la sala... Sí, Hugo estaba allí, esperándola.
«¡No seas tonta! ¡Estás fatigada! Tu cabeza ve visiones.»
Llegada a lo alto de la escalera, Vera dejó escapar de su mano un objeto cuya caída fue amortiguada por la espesa alfombra. No se percató de que acababa de dejar caer el revólver. No pensaba más que en el negrito que sujetaba entre sus dedos.
Hugo la esperaba en su cuarto.

Un negrito se encontraba solo.

¿Qué decía, pues, la ultima línea de la canción de cuna? Se hablaba de matrimonio... No, esto no es aquello.
Estaba ante la puerta de su propio dormitorio. Dentro la esperaría Hugo... estaba segura...
Al abrir la puerta dio un grito de sorpresa.
«¿Qué es lo que colgaba del techo? Una cuerda con nudo corredizo preparado y una silla para subirse. ¡Una silla que caería con un simple puntapié...! Era eso lo que quería Hugo.
¡Claro! el final de la canción era:

Y se ahorcó y no quedó ninguno.

El negrito de porcelana se le cayó de la mano sin darse cuenta.
Vera avanzaba como un autómata.
¡Todo se iba a terminar!
¡En este mismo sitio en que una mano húmeda y helada (la mano de Cyril, naturalmente) le había rozado la garganta.

Puedes nadar hasta las rocas, Cyril...

¡He ahí lo que fue un crimen! ¡Nada difícil!
Pero en seguida tortura el remordimiento.
Subió sobre la silla con los ojos bien abiertos y fijos como los de una sonámbula. Se pasó el nudo corredizo alrededor del cuello.
«Hugo estaba esperando a que ella lo hiciese.


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