Diez negritos (Agatha Christie) - pág.105
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Vera no respondió y Lombard continuó irritado:
-Usted no piensa en eso.
Desesperada, repetía maquinalmente:
-¿Qué nos pasará, Dios mío? ¡Tengo miedo!
-El tiempo es bueno y tendremos luna. Podemos buscar un sitio en el acantilado. Allí pasaremos la noche y sobre todo no debemos dormirnos. Montaremos la guardia toda la noche y si sube alguien le mataré -tras una ligera pausa-: Claro que usted tendrá frío con ese traje tan ligero.
-¿Frío? Tendré más frío si muero -dijo Vera con sonrisa forzada.
Se levantó y dio algunos pasos, inquieta.
-Voy a volverme loca si me quedo aquí inmóvil. Caminemos un poco.
-Si usted quiere -asintió Lombard.
Lentamente anduvieron por el acantilado. El sol descendía hacia su ocaso y su luz tomaba suaves tonalidades y les envolvía en su manto dorado.
-Lástima que no podamos bañamos -dijo Vera sonriendo nerviosa.
Philip miraba al mar y de repente gritó:
-¿Qué hay ahí abajo? Usted no lo ve... cerca de esa roca... No... un poco más lejos a la derecha.
Vera miraba fijamente al lugar indicado.
-Diría que es un paquete de ropa.
-¿Entonces es un bañista? ¡Qué extraño! Creo que es un montón de algas.
-Vamos a ver qué es -repuso ella.
-Son trajes -anunció Lombard-. Mire, un zapato. Venga por aquí.
Ayudándose con pies y manos avanzaron sobre las rocas. Vera se detuvo y dijo:
-No son ropas... es un hombre.
El cadáver estaba flotando, preso entre dos piedras, donde la marea lo había lanzado algunas horas antes. Tras un último esfuerzo, Lombard y Vera llegaron junto al ahogado. Se inclinaron sobre la cara descolorida y lívida... las facciones tumefactas.
-¡Dios mío! ¡Si es Armstrong! -exclamó Lombard.
16
Dos siglos pasaron. El mundo daba vueltas y desaparecía en la nada. El tiempo avanzaba. Millares de generaciones se sucedían.
No, solamente un minuto acaba de pasar. Dos seres humanos estaban de pie, junto a un cadáver, mirándole constantemente.
Despacio, muy despacio, Vera Claythorne y Philip Lombard levantaron la cabeza y sus miradas se cruzaron.
Lombard se echó a reír.
-¿Y qué dice usted ahora, Vera?
-No hay nadie en la isla, nadie más que nosotros dos -respondió en voz baja.
-Precisamente. Ahora sabemos a qué atenernos. ¿No es verdad?
-¿Cómo ha podido arrojarse por la ventana en el momento preciso el oso de mármol?
Lombard alzó los hombros en señal de ignorancia.
-Sin duda se trata de un caso de brujería.
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