Diez negritos (Agatha Christie) - pág.99
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Un cristal del comedor ha sido roto... y no quedan más que tres negritos en la mesa.
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Tres personas estaban sentadas en la cocina desayunando. Afuera, el sol brillaba como anunciador de un día espléndido, pues la tempestad se había apaciguado.
Este cambio de tiempo operó una transformación en los caracteres de los tres prisioneros de la isla. Les parecía salir de una pesadilla. El peligro continuaba existiendo, pero desaparecía el miedo con el día soleado. La atmósfera de horror que sufrieron la víspera con el huracán y la lluvia se había disipado.
Lombard sugirió a sus compañeros:
-¿Y si probásemos a hacer señales heliográficas con la ayuda de un espejo poniéndonos en el punto más elevado de la isla? Algún inteligente pescador comprenderá que se trata de un S.O.S. y por la noche encenderemos un gran fuego. Desgraciadamente no tenemos mucha madera; por otra parte puede ocurrir que crean los del pueblo que se trata de un fuego amenizado con danzas y canciones.
-Seguramente -observó Vera- alguien de la costa conocerá el alfabeto Morse y no tardarán en venir a socorrernos... antes de que anochezca.
-El cielo está despejado -indicó Blove-, pero el mar continúa embravecido. Las olas son terribles y me parece que una barca no podría llegar a la isla hasta mañana.
-Otra noche que pasar aquí -exclamó Vera.
Lombard alzó los hombros.
-Más vale tomarlo con resignación. Estaremos a salvo antes de veinticuatro horas, confío en ello. Si podemos sostenernos durante ese tiempo, lo lograremos.
-Será interesante -dijo Blove- examinar la situación.
-¿Qué le ha ocurrido a Armstrong?
-Creo que tenemos una pieza de convicción; en el comedor no quedan más que tres negritos. Eso indica que el doctor ha recibido su golpe de gracia.
-Entonces... -replicó Vera-, ¿cómo es que no encuentran su cadáver?
-Han podido echarlo al mar -observó Blove.
-¿Quién? -preguntó Lombard-. ¿Usted? ¿Yo? Usted le ha visto anoche salir por la puerta y usted ha venido a buscarme a mi dormitorio. Juntos hemos registrado las rocas y la casa. ¿Cómo diablos habrá tenido tiempo de matarlo y transportar su cadáver a otra parte de la isla?
-Lo ignoro -dijo Blove-, pero de todas maneras yo sé una cosa.
-¿Qué? -preguntó Philip.
-Con respecto al revólver, a él me refiero, es el de usted y aún está en su poder. Nada me prueba que se lo robaran.
-Pero ¡qué me está contando, Blove! Usted sabe perfectamente que todos hemos sido registrados con escrupulosidad.
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