Diez negritos (Agatha Christie) - pág.98
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Otras eventualidades se presentaban a su examen. El anunciaría, por ejemplo, que la casa estaba ardiendo. El mismo podría provocar un incendio. Después de haber atraído a los dos hombres fuera, podía echar una cerilla encendida sobre una cantidad de esencia derramada por él con anticipación. Y ella, como una tonta, permanecería emparedada en su habitación hasta que fuese demasiado tarde.
Dirigióse hacia la ventana. La altura no tenia nada de particular. En caso de necesidad podría salvarse saltando por allí. Sería un salto regular, pero abajo había un arriate florido que amortiguaría el golpe de la caída.
Se sentó delante de la mesa y empezó a escribir en su diario para matar el tiempo.
Bruscamente se puso rígida y se quedó escuchando.
Creyó oír abajo un ruido que parecía el de cristales rotos. Se quedó sin moverse por ver si se repetía.
Creyó percibir pasos furtivos, crujimiento en la escalera, pero nada de ello definido, y acabó como Blove, por creer que era producto de su imaginación excitada.
En seguida le llegaron, más correctos. Voces que murmuraban... murmullos, pisadas fuertes subían la escalera, puertas que se abren y se cierran, ruidos en el desván y, por último, pasos en el pasillo y la voz de Lombard que decía:
-¡Vera! ¿Está usted ahí?
-Sí, ¿qué pasa?
La voz de Blove:
-¿Quiere usted abrirnos?
La joven fue hacia la puerta, quitó la silla, dio la vuelta a la llave en la cerradura y descorrió el cerrojo. Quedó la puerta abierta. Los dos hombres jadeaban y sus pies y los bajos del pantalón estaban mojados. Vera insistió:
-Pero ¿qué pasa? Lombard respondió:
-¡Armstrong ha desaparecido!
Vera se sobresaltó.
-Pero ¿qué dice?
-Se ha eclipsado en la isla -confirmó Blove-. Escamoteado como en una función de magia.
-Todo esto es estúpido -dijo Vera-. Se oculta en algún sitio.
-¡De ninguna manera! -añadió Blove-. No hay ningún sitio en la isla para ocultarse.
-El acantilado está tan desnudo como su mano, miss Vera.
-Además de no haber vegetación, la luna iluminaba como si fuese de día. No hemos podido encontrarle.
-Ha vuelto a la casa -aventuró Vera.
-Ya lo pensamos -añadió Blove-, y hemos rebuscado desde la cueva al desván. No, no está aquí, se lo aseguro, ha desaparecido como el humo.
-¡No creo una palabra!
-Sin embargo -intervino Lombard-, es la verdad.
Después de una pausa añadió:
-Quiero ponerla al corriente de otro pequeño detalle.
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