Diez negritos (Agatha Christie) - pág.94
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.. Hugo... Ciryl... ese niño horrible que no cesaba de importunarla... ¿Por qué no me deja nadar hasta la roca, miss Claythorne? Siempre... estas palabras grabadas en su mente. Hasta que... «Tienes que comprenderlo Ciryl; si te dejo, mamá estará angustiada por ti. Pero mañana nadas hasta las rocas mientras yo entretengo a mamá para que no te vea, y cuando estés encima de las rocas haces señas y verás qué contenta se pone; para ella será una sorpresa.»
«¡Ah! Es usted muy amable, miss Claythorne... esto me resultará delicioso.»
Se lo prometió porque Hugo estaría en Newgray todo el día, y cuando volviese todo estaría terminado... se lo había prometido.
Pero ¿y si no ocurriese nada? Ciryl diría que miss Vera le dejó ir hasta las rocas. Pero había que correr el riesgo, pues de lo contrario... No ocurriría esto, pues la corriente es tan fuerte, no sólo para un niño, sino para una persona mayor. Y si se salvara diría: «Si yo te lo he prohibido siempre, ¿por qué mientes?»
Nadie sospecharía de ella.
¿Hugo lo había sospechado? ¿Qué significó la mirada tan extraña que le dirigió después del... accidente? ¿Lo sabía Hugo?
Desapareció de su vida y jamás contestó a sus cartas... ¡Hugo!
Vera se revolcaba por la cama. No, no. Era preciso no pensar más en Hugo. Su recuerdo le hacía sufrir demasiado. Todo terminó. Debía borrar de su alma la imagen de Hugo. ¿Por qué esta noche tuvo la sensación de que estaba a su lado?
No podía dormirse y al levantar sus ojos hacia el techo vio el cordón colgado y se estremeció al recordar aquella mano viscosa que le rozó el cuello... Ese cordón en medio de la habitación le fascinaba, atraía irresistiblemente su mirada.
El ex inspector Blove, sentado en su cama, con los ojos inyectados de sangre, espiaba las sombras del cuarto. Parecía una bestia salvaje al acecho de su enemigo.
Inútilmente probó dormirse. La amenaza del peligro era cada vez más angustiosa. De diez personas sólo quedaban cuatro; a pesar de todas las precauciones, el viejo magistrado sucumbió como los demás.
«Estemos alerta», es lo que dijo ese viejo. ¡Cuando presidía el tribunal se creía un dios! ¡Pero con todo, recibió su merecido! ¡Ahora no necesitaba estar alerta!
De las diez personas desembarcadas en la isla, sólo cuatro vivían aun.
Pronto una séptima víctima caería, pero no sería ésta William Henry Blove; vigilaría.
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