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Diez negritos (Agatha Christie) - pág.93

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-Somos cuatro -dijo Armstrong- y no sabemos cuál...
-¡Yo lo sé! -afirmó Blove.
-Jamás he dudado... -comenzó a decir Vera.
-Yo creo realmente conocer... -insinuó Armstrong con calma.
-A mí me parece -añadió Lombard- que mi idea es la buena.
De nuevo todos se miraron entre sí. Vera se levantó casi tambaleándose, y dijo:
-Me siento muy mal y voy a acostarme. No puedo más.
-Haríamos bien en imitar su ejemplo -dijo Lombard-, ¿para qué quedarnos aquí mirándonos?
-Me parece muy bien -añadió Blove.
-Será mejor -indicó el doctor- subir a nuestras habitaciones, aunque alguno de nosotros no pueda dormir.
-Me gustaría saber dónde está ahora el revólver.
Los cuatro subieron silenciosamente la escalera y la escena que siguió fue digna de un «vaudeville».
Cada uno estaba delante de su habitación con la mano puesta en el pomo de la cerradura. Como si hubiesen esperado una señal entraron al mismo tiempo, cerrando la puerta y se oyó el ruido de cuatro cerrojos, el arrastrar de muebles y rechinar de las llaves.
Cuatro seres humanos muertos de terror montaron su barricada para pasar la noche.


Philip Lombard lanzó un suspiro de satisfacción cuando puso una silla tras la puerta. Se dirigió hacia la mesilla de noche y puso encima la vela. Se miró al espejo para estudiar sus rasgos y se dijo a sí mismo:
«Ya puedes hacerte el fuerte, pero todas estas historias comienzan a turbarte el cerebro.»
Desfloróse nuevamente su sonrisa de lobo. Se desnudó y puso el reloj encima de la mesilla. Abrió el cajón y se sobresaltó, pues allí estaba el revólver.


Vera Claythorne estaba acostada. La vela seguía encendida; no tenía valor para apagarla, la oscuridad le daba miedo.
No cesaba de repetirse lo mismo: «Debo estar tranquila hasta mañana. ¡Nada ocurrió la noche pasada, nada ocurrirá esta noche! He cerrado con llave y cerrojo la puerta, nadie puede entrar en mi habitación.»
Pensaba:
«Es cierto; puedo quedarme encerrada en mi cuarto... La cuestión de la comida es secundaria. Será posible esperar aquí hasta que vengan en nuestro socorro, pero si tengo que permanecer en mi dormitorio un día o dos...»
Estaba encerrada en su dormitorio... ¡bien!
Pero ¿esto seria posible?
¿Tendría valor para no salir de su cuarto? ¿Tendría que estar muchas horas sin hablar a nadie ni cambiar impresiones!
Los recuerdos amontonáronse en su cabeza. Todos eran lo mismo.


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