Diez negritos (Agatha Christie) - pág.91
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Su expresión no cambió, añadiendo con cierta desconfianza en su voz:
-Tiene el sabor normal.
Blove se abalanzó colérico contra el doctor.
-Diga que lo he envenenado, y le aseguro que le rompo la cara.
Vera, reconfortada gracias al coñac, desvió la conversación, preguntando:
-¿Dónde está mister Wargrave?
Los tres hombres cruzaron sus miradas.
-¡Qué raro, creía que había subido con nosotros!
-También yo -dijo Blove-. Doctor, usted subía detrás de mí.
-Tenía la impresión -añadió Armstrong- de que me seguía. Claro que como es un viejo anda más despacio que nosotros.
-No lo comprendo -dijo Lombard.
-Vamos a buscarle -propuso Blove.
Se dirigió hacia la puerta, los otros dos hombres le siguieron y Vera cerraba la puerta. Cuando bajaban la escalera, Armstrong expuso:
-Seguramente debe haberse quedado en el salón.
Atravesaron el vestíbulo y el doctor llamó al juez en voz alta:
-Wargrave, Wargrave, ¿dónde está usted?
¡Ninguna respuesta! Un silencio mortal quebrado tan sólo por el ruido monótono de la lluvia.
Cuando llegaron a la entrada del salón, Armstrong se detuvo. Los demás, tras él, miraban por encima de sus hombros. ¡Alguien lanzó un grito!
El juez Wargrave estaba sentado al fondo de la habitación en una butaca de alto respaldo. Dos bujías brillaban en cada uno de sus lados. Pero lo que más les sorprendió fue que estaba vestido con su toga roja de magistrado y la peluca sobre su cabeza.
El doctor hizo un signo a los demás para que retrocedieran. Atravesó la habitación como un hombre ebrio y se acercó al juez. Con la mirada fija en él, se inclinó sobre el magistrado y examinó su semblante inerte. Con gesto brusco le quitó la peluca, ésta cayó al suelo, dejando al descubierto la frente, en la que apareció un agujero redondo, teñido de rojo, de donde salía una sustancia viscosa.
Armstrong le levantó la mano, tomándole el pulso; volvióse a los demás y les dijo emocionado:
-Ha sido muerto de un tiro.
-¡Dios mío...! -gritó Blove-: ¡El revólver!
-Ha recibido la bala en mitad de la cabeza, la muerte fue instantánea -afirmó el doctor.
Vera se paró delante de la peluca y dijo con voz en que el horror y el miedo la angustiaban:
-¡La lana gris que perdió miss Brent...!
-Y la cortina de hule rojo -añadió Blove- que faltaba en el cuarto de baño.
-He aquí la causa -observó Vera- de la desaparición de esos objetos.
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