Diez negritos (Agatha Christie) - pág.87
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La lluvia caía de nuevo a chaparrones. Un viento huracanado y el continuo tamborileo del agua azotando los cristales acababa por volverles locos.
Tácitamente, los cinco supervivientes habían adoptado un plan de campaña. Estaban en el salón y nunca más de una persona a la vez se iba de la habitación, quedándose los cuatro en espera de su regreso.
-No hay más que esperar -observó Lombard-. El cielo va a esclarecerse y entonces podremos intentar salvarnos; hacer señales, encender un gran fuego, construir una balsa, en fin, cualquier cosa.
-¡Esperar...! ¡No podemos permitirnos ese lujo! -añadió Armstrong-. ¡Estamos predestinados a morir...!
El juez declaró en voz clara, pero decidida:
-Si no estamos alerta... Pero no hay más que estar vigilando nuestras vidas...
La comida del mediodía fue despachada sin ninguna etiqueta. Los cinco se reunieron en la cocina; en la despensa encontraron gran cantidad de conservas. Abrieron una lata de lengua de vaca y dos de fruta. Comieron en pie, alrededor de la mesa de la cocina. Luego volvieron al salón, sentáronse en sus butacas y recomenzaron a espiarse los unos a los otros.
Desde entonces los pensamientos que se arremolinaban en sus cerebros volvíanse morbosos, febriles, completamente anormales.
«Ese Armstrong... me parece que me mira de una forma. Tiene los ojos de un loco... Quizá sea tan médico como yo... Es lo mismo... es un loco escapado de un manicomio y que se hace pasar por doctor... Esa es la verdad... ¿Debo decírselo a los otros? ¡Proclamar la verdad...! No, pues se pondría aún más en guardia. Por otra parte, disimula muy bien, queriendo hacernos creer que está cuerdo. ¿Qué hora es...? Sólo las tres y cuarto... ¡Oh, Dios mío! Es para volverse loco. No hay duda alguna, es Armstrong.»
«¡No me cogerán! ¡Soy lo bastante fuerte para defenderme! No sería la primera vez que me encuentro en situaciones criticas... ¿Adonde demonios ha ido a parar mi revólver...? ¿Quién lo ha robado...? ¿Quién lo tiene ahora...? ¡Nadie... claro...! Nos hemos registrado todos... nadie lo tiene... ¡pero alguien sabe dónde está!»
«Los otros se están volviendo locos... todos pierden la cabeza... tienen miedo a morir... todos tememos la muerte... yo la temo, pero esto no impide que se acerque... El coche fúnebre espera a la puerta, señor. ¿Dónde he oído eso...? La jovencita... la voy a espiar... sí, voy a vigilarla mejor...»
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