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Diez negritos (Agatha Christie) - pág.86

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Página 86 de 121


.. El sexto negrito. Triunfante, Blove añadió:
-La jeringuilla no podía estar en otro sitio. Después de asesinar a miss Brent, el criminal abrió la ventana y arrojó la jeringuilla, cogiendo en seguida al negrito y lanzándolo por el mismo camino.
No encontraron ninguna huella digital sobre la jeringuilla; había sido limpiada cuidadosamente.
-Ahora busquemos el revólver -dijo Vera, decidida.
-Eso es -añadió el juez-, pero hagámoslo sin separarnos; acuérdense que si no lo hacemos así favoreceremos los propósitos del loco.
Minuciosamente, desde la cueva hasta el desván, examinaron la casa, pero sin ningún resultado.
¡Ni rastro del revólver!


13


¡Uno de nosotros... uno de nosotros... uno de nosotros!

Estas palabras, repetidas sin cesar, resonaban en sus cabezas alocadas. Cinco personas vivían en la isla del Negro, obsesionadas por el miedo... Cinco personas que se espiaban mutuamente, sin molestarse en disimular su nerviosismo.
Había cinco enemigos encadenados por el instinto de conservación; no había en su trato violencias ni cortesía.
Bruscamente, todos bajaron al último escalón de la humanidad y pusiéronse al nivel de las bestias. Como una vieja tortuga fatigada, el juez Wargrave estaba encogido y con la mirada siempre alerta. Blove parecía más pesado; eran más torpes sus movimientos; su manera de andar semejaba la de un enorme oso, con los ojos inyectados de sangre. Todo él respiraba ferocidad y brutalidad; creyérasele un animal esperando caer sobre sus perseguidores.
En cuanto a Philip Lombard, sus instintos se habían agudizado. Su oído percibía el menor ruido. Su paso era más ligero y rápido, su cuerpo era más flexible y gentil. Frecuentemente sonreía, descubriendo sus dientes tan agudos y blancos.
Vera Claythorne, deprimida, pasaba la mayor parte del día recostada en un butacón; los ojos bien abiertos miraban al vacío. Se diría un pajarillo que acababa de estrellarse contra un cristal y una mano humana le ha recogido. Asustada, incapaz de moverse, esperaba sobrevivir conservando una inmovilidad absoluta.
Armstrong tenía los nervios de punta. Tics nerviosos contraían su cara; las manos le temblaban. Encendía cigarrillo tras cigarrillo para tirarlos cuando había dado unas chupadas. La inacción obligada le atacaba más que a sus compañeros. De vez en cuando lanzaba un torrente de divagaciones...
-Nosotros... no debemos estar aquí cruzados de brazos. ¡Tenemos que hacer algo! ¡Tratar de encontrar el medio de salir de este infierno! ¿Y si encendiéramos un fuego grande?
-¿Con un tiempo como éste? -le respondió Blove.


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