Diez negritos (Agatha Christie) - pág.85
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Vera entró en su habitación y cerró la puerta.
Al cabo de unos minutos reapareció con un traje de baño de «tricot» de seda que realzaba su cuerpo.
-Gracias, miss Claythorne -dijo, satisfecho, el juez-. Espérenos aquí. Vamos a registrar su habitación.
Vera se estuvo en el pasillo hasta el regreso de los hombres. En seguida se vistió y se unió a ellos.
-Ahora estamos tranquilos sobre un punto: ninguno de nosotros tiene armas ni venenos. Vamos a colocar las drogas en sitio seguro; en la cocina hay un armario especial para guardar los cubiertos de plata.
-Todo esto es muy bonito, pero ¿quién guardará la llave? ¿Usted, supongo? -observó Blove.
El juez no respondió.
Bajaron a la cocina y descubrieron un armario. Siguiendo las instrucciones del juez, pusieron allí los diferentes productos farmacéuticos y cerraron con llave. Después, bajo la vigilancia de Wargrave, metieron el armario en el aparador, que también cerraron con llave.
Entonces dio la llave del pequeño armario a Lombard y la del aparador a Blove.
-Tienen ustedes la misma musculatura y son los más fuertes entre nosotros. Así será difícil para uno el apoderarse de la llave del otro; en cuanto a nosotros tres, no podríamos quitársela. El intento de fracturar un mueble u otro me parece insensato, pues el ruido que se haría despertaría las sospechas de los demás.
Hizo una ligera pausa y continuó:
-Tenemos que resolver aún otro grave problema. ¿Dónde está el revólver de mister Lombard?
-Me parece a mí -señaló Blove- que el propietario del arma es sólo quien puede responder a esta pregunta.
-¡Cuerno! ¿No lo he dicho? ¡Me lo han robado!
-¿Cuándo lo ha visto por última vez? -preguntó Wargrave.
-Ayer noche. Estaba en mi cajón al acostarme... preparado por si lo necesitaba.
-Entonces ha desaparecido esta mañana durante la confusión que ha ocasionado el rato en que cada uno buscaba al criado, hasta que descubrimos su cadáver.
-Seguramente está en algún sitio de la casa -declaró Vera-. Registremos un poco más.
El juez Wargrave, según su manía, se acariciaba la barbilla.
-Dudo del resultado de nuestras pesquisas. El asesino ha tenido tiempo de colocarlo en lugar seguro y desespero de encontrarlo.
Blove se expresó con voz enérgica:
-Ignoro dónde se oculta el revólver, pero me parece saber dónde encontrar la jeringuilla, síganme.
Abrió la puerta de la entrada y les condujo fuera de la casa.
Delante de la puerta del comedor vieron la jeringuilla y a su lado una estatuilla de porcelana rota.
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