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Diez negritos (Agatha Christie) - pág.82

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En el salón esperaban la llegada de Emily Brent.
-¿Quieren ustedes que vaya a buscarla? -propuso Vera.
Vera se sentó y cada uno de los reunidos lanzó a Blove una mirada interrogante.
-Escúcheme. Creo que es inútil buscar por más tiempo al autor de estas muertas sucesivas, pues es la mujer que en estos momentos se encuentra en el comedor.
-¿En qué basa su acusación? -preguntó Armstrong.
-La locura mística. ¿Qué piensa usted, doctor?
-Perfectamente verosímil y ninguna acusación voy a formular; pero... nos hacen falta pruebas antes que nada.
-Tenía un aspecto muy raro cuando preparábamos el desayuno -explicó Vera-, sus ojos.
Vera se estremeció.
-Hay otra cosa -dijo Blove-. Es la única entre nosotros que no ha querido hablar después de la audición del disco del gramófono. ¿Por qué? Porque ella no podía darnos ninguna explicación.
-¡Eso no es verdad! -exclamó Vera-. Pues ella, más tarde, me ha hecho confidencias.
-¿Qué le contó, miss Claythorne? -preguntó Wargrave.
La joven repitió la historia de Beatriz Taylor. El juez hizo notar:
-Este relato me parece sincero y de veras lo creo, pero dígame, miss Claythorne, ¿Emily Brent parecía experimentar remordimientos por su actitud en aquellas circunstancias?
-Creo que no. No vi en ella ninguna emoción.
-¡Esas solteronas virtuosas tienen el corazón tan duro como la piedra! -comentó Blove-. La envidia las devora.
-Son las doce menos diez y debemos rogar a miss Brent que venga -indicó el juez.
-¿No piensa usted tomar ninguna medida? -preguntó Blove.
-¿Qué decisión puedo tomar? -preguntó el magistrado-. Por ahora no tenemos más que sospechas. Sin embargo pediré al doctor que la observe. Vayamos al comedor a buscarla.
La encontraron sentada en la butaca donde la habían dejado. Tenía la cabeza vuelta hacia la puerta y no vieron nada anormal sino que no se movía, como si no les hubiese visto entrar.
Después se fijaron en su cara... hinchada, sus labios azulados y los ojos como extraviados...
-¡Dios mío! ¡Está muerta! -exclamó Blove.


La voz fina y calmosa del juez Wargrave se oyó:
-¡Otro de nosotros que es inocente...! ¡Demasiado tarde!
Armstrong se inclinó sobre la muerta. Olió los labios, examinó los ojos y movió la cabeza.
-¿De qué ha muerto, doctor? -preguntó impaciente Lombard-. Estaba muy bien cuando la dejamos.
La atención de Armstrong se fijó en el cuello por una señal que tenía a su lado derecho; tras una ligera pausa, dijo:


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