Diez negritos (Agatha Christie) - pág.79
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Los Pudcel era una banda de harapientos; sin embargo, logré un ascenso.
-Y a Landor le condenaron a trabajos forzados a perpetuidad y murió en la cárcel.
-¿Podía yo adivinar que iba a morir?
-No. ¡De aquí su mala suerte!
-¿Mi mala suerte? La de él, querrá decir.
-La de usted también. Porque ha tenido como resultado que su vida sea acortada de un modo desagradable.
-¡Que se cree usted eso! -le contestó Blove, mirándole fijamente-. ¿Usted cree que me voy a dejar coger como Rogers y los demás? Esté tranquilo, que sé guardarme bien.
-A pesar de todo, no quiero apostar, pues si usted muere yo no cobraría.
-¿Qué es lo que me está contando?
-Le digo que no tiene ninguna posibilidad de escapar a su destino. Su falta de imaginación hace de usted un blanco ideal: un criminal tan astuto como U. N. Owen le cogerá en sus redes, cuando quiera.
La cara de Blove, enrojeció y preguntó con rabia:
-¿Y a usted, mister Lombard?
Los rasgos de Philip Lombard se endurecieron al responder:
-Yo soy un hombre de recursos y me he encontrado en situaciones más peligrosas aún, de las que salí indemne... Y espero salir de ésta, no diré con mayor ventaja...
Los huevos se estaban friendo. Vera, que estaba tostando el pan, pensaba al mismo tiempo:
«¿Por qué me ha atacado esa crisis de nervios? He sido una ridícula y he cometido un error. Hay que tener calma, mucha calma.»
Hasta entonces ella había conservado siempre su sangre fría.
«Miss Claythorne ha dado pruebas de mucha sangre fría; sin dudar se lanzó al agua para socorrer al niño Ciryl...»
¿Por qué evocar ese recuerdo? Todo pertenecía al pasado... al pasado... Ciryl había desaparecido mucho antes que ella llegase a las rocas. Sintió que la corriente le llevaba y se dejó arrastrar, flotando, y por fin la canoa de salvamento... La felicitaron por su coraje y sangre fría. «Todos a excepción de Hugo, que solamente la miró a los ojos.»
¡Oh! ¡Cómo sufría pensando en Hugo después de tanto tiempo! ¿Dónde estaría? ¿Qué haría? ¿Tendría novia? ¿Estaría casado, quizá?
Emily Brent la volvió a la realidad.
-¡Vera, el pan se está quemando!
-Perdóneme, miss Brent, estoy aturdida.
Emily Brent sacaba de la sartén el último huevo frito. Disponiendo otro pedazo de pan para tostarlo, Vera observó:
-Usted tiene una calma extraordinaria, miss Brent.
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