Diez negritos (Agatha Christie) - pág.76
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-¡Los negritos! ¡Mírelos! No había más que seis figuritas en el centro de la mesa.
Se le encontró más tarde en la leñera, al otro lado de la casa. Había estado partiendo leña para hacer fuego y tenía aún en la mano la pequeña hacha, mientras que otra, más grande y fuerte, estaba apoyada en la puerta, llena de sangre fresca, explicando demasiado la herida profunda que tenía Rogers en su cráneo.
-Ha sido muy fácil -dijo el doctor-. El asesino se ha deslizado por detrás, levantó la pesada hacha y la dejó caer en la cabeza de Rogers en el momento en que éste se inclinaba.
-¿Para asestar tal golpe, el asesino debía de ser muy fuerte? -preguntó Wargrave al doctor, que respondió:
-Una mujer hubiese sido capaz.
Armstrong miró a su alrededor, y no viendo a Vera ni a miss Brent, que se habían marchado a la cocina, continuó:
-La joven, aún más, pues es una atleta. En cuanto a miss Brent, parece muy débil, pero esta clase de mujeres poseen de ordinario una gran fuerza nerviosa. Recuerden que una persona atacada de locura puede desarrollar una energía increíble.
Pensativamente el juez asintió con la cabeza.
Blove se levantó suspirando:
-Ni la menor huella digital. El asesino tuvo la precaución de limpiar el mango después de cometer su crimen.
Una risa histérica se oyó. Todos se volvieron. Vera estaba en medio del patio. Sacudida por un acceso de hilaridad gritaba:
-¿Crían abejas en esta isla? Dígame dónde se busca la miel. ¡Ah! ¡Ah!
La miraban sin comprender nada. Dijérase que esta joven tan inteligente se volvía loca. Siguió gritando:
-¿Por qué me miran así? ¿Me creen loca? Pues mi pregunta no tiene nada de extravagante. ¡Hay abejas, colmenas, abejas! ¿No lo comprenden ustedes? ¿No han leído la canción de cuna? ¡Está en sus dormitorios para que la aprendan! Si hubiéramos reflexionado un momento, hubiéramos ido en seguida a la leñera, donde Rogers cortaba leña, pues Siete negritos cortaban leña con un hacha... ¿Y cuál es la estrofa siguiente? Seis negritos jugaban con una colmena... He ahí por qué pregunto si se crían abejas en esta isla. ¡Dios mío, qué raro...! ¡Qué extraño!
De nuevo estalló su risa de loca; el doctor se adelantó y le dio un cachete en la cara.
Hipando y jadeando tragó saliva. Al cabo de un instante continuó:
-Gracias, doctor... ahora me encuentro mejor.
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