Diez negritos (Agatha Christie) - pág.73
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Todo parecía volver a la normalidad.
-¡El té! ¡El té de la tarde! ¡Para los ingleses, qué deliciosa costumbre!
Philip Lombard arriesgó una broma, Blove le respondió en el mismo tono. Armstrong contó una divertida anécdota, y hasta el mismo juez, que de ordinario rechazaba este brebaje, paladeábalo con visible placer.
En este ambiente de tranquilidad, Rogers entró con cara descompuesta y farfullando nerviosamente.
-Perdón, señores. ¿Alguno de ustedes sabría en dónde está la cortina del cuarto de baño?
Lombard levantó bruscamente la cabeza.
-¿La cortina del cuarto de baño? ¡Qué diantre nos cuenta usted!
-Ha desaparecido, señor. No está en la ventana. He dado una vuelta por las habitaciones para echar las cortinas, pero la del cuarto de baño no estaba.
-¿Estaba esta mañana? -preguntó Wargrave.
-¡Oh! Sí, señor.
-¿Qué clase de cortina era?
-Era de hule rojo, impermeable y hacía juego con los ladrillos.
-¿Y ha desaparecido? -preguntó Lombard.
-Sí, señor, ha desaparecido.
Se miraron unos a otros; Blove dijo lentamente:
-¿Después de todo qué importa? Esta desaparición es insensata... como todo lo que está ocurriendo, pero no hay por qué alarmarse, pues no se puede asesinar a nadie con una cortina de hule. Pensemos en otra cosa.
-Bien, señor, gracias -dijo Rogers.
El criado salió de la habitación y cerró la puerta tras sí.
De nuevo el miedo se instaló en el salón y una vez más los invitados se observaron con ansia disimulada.
Llegó la hora de la cena. La cena, compuesta principalmente de conservas, transcurrió a toda prisa y Rogers se apresuró a levantar los manteles.
En el salón reinaba una tensión insoportable.
A las nueve Emily Brent se levantó.
-Subo a acostarme -anunció.
-Yo también -dijo Vera.
Las dos mujeres subieron acompañadas de Lombard y Blove. En el pasillo los dos hombres vieron cómo Vera y miss Brent entraban en sus respectivos aposentos y oyeron el ruido de los cerrojos y de las llaves desde el interior.
-¡No es necesario recomendarles que se cierren con llave! -exclamó Blove-. Ya lo hacen.
-En todo caso están en seguridad por esta noche -añadió Lombard cuando bajaban.
Una hora más tarde, los cuatro hombres se retiraron a sus dormitorios. Rogers, desde el comedor, donde preparaba la mesa para el desayuno del siguiente día, los vio subir y oyó que se paraban en el primer rellano.
La voz del juez dejóse oír:
-Inútil será aconsejarles que cierren bien sus puertas.
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