Diez negritos (Agatha Christie) - pág.71
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-Mis felicitaciones. Su solución es ingeniosa. Pero me pregunto...
-¿Quién es el asesino, mister Blove? Me gustaría saberlo. ¿Quién es?
Rogers tenía la frente arrugada y sus manos se crisparon sobre la gamuza con que estaba limpiando el polvo.
-Esta pregunta me la hago yo mismo -le respondió Blove.
-Uno de nosotros, según el juez. Pero ¿quién? Eso es lo que desearía saber. ¿Quién es ese demonio con forma humana?
-Todos quisiéramos aclarar este misterio.
Rogers le insinuó:
-Pero ¿usted tiene una idea sobre el particular, mister Blove?
-¡Puede ser! Tengo sospechas, pero de eso a una certidumbre hay mucho trecho y puedo equivocarme. Pero la persona de quien sospecho tiene mucha sangre fría.
Rogers, secándose el sudor de la frente, dijo con voz ronca por la emoción:
-Me parece una pesadilla.
-Y usted, Rogers, ¿tiene alguna idea?
El criado inclinó la cabeza al responder:
-No sé nada y eso es lo que me da miedo. ¿De quién podría sospechar?
Desesperado, el doctor gritaba:
-¡Tenemos que salir de aquí a toda costa!
El juez Wargrave miraba la lluvia a través del ventanal. Jugueteaba con el cordón de sus lentes.
-No pretendo adivinar el tiempo que hará, pero me parece que antes de veinticuatro horas no podrían venir aquí, aunque supieran la situación trágica en que nos encontramos. Y aun eso, si el viento amaina.
El doctor llevóse las manos a la cabeza gruñendo:
-Y mientras, podemos ser asesinados en nuestras camas.
-No soy tan pesimista como usted. Tomaré toda clase de precauciones para que no me ocurra esa desgracia -replicó Wargrave.
Armstrong pensaba que el anciano magistrado agarrábase más a la vida que muchos jóvenes. Ese fenómeno lo había observado muchas veces a lo largo de su carrera. El mismo tenía, por lo menos, una veintena de años menos que el juez y, sin embargo, su instinto de conservación le parecía menos arraigado.
En cuanto al juez, pensaba: «¡Asesinados en la cama! Esos medicuchos se parecen todos; no tienen ideas originales.»
-Cierto, pero tenga en cuenta que esas víctimas estaban desprevenidas, mientras que nosotros estamos sobre aviso.
-Pero ¿qué podemos hacer? -preguntó Armstrong-. Tarde o temprano...
-Yo he tomado mis medidas.
-No sabemos de quién desconfiar.
El viejo magistrado se acarició la barbilla y murmuró:
-No diría yo otro tanto...
Armstrong le miró a la cara de hito en hito.
-Entonces.
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