Diez negritos (Agatha Christie) - pág.70
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Con sonrisa maliciosa le respondió:
-Es usted muy galante, señor Lombard, gracias.
-Veamos, miss Vera, ¿no me devolverá el cumplido?
Después de un breve silencio, Vera respondió:
-Usted mismo ha confesado que no da importancia a la vida humana y no me lo imagino dictando el disco del gramófono.
-Tiene mucha razón. Si hubiera pensado cometer uno o varios crímenes hubiese sido solamente para sacarles provecho. Estos castigos en serie no creo que valgan la pena. Entonces, entendidos; nosotros mismos nos eliminamos de la lista de sospechosos y concentraremos nuestra atención sobre los siniestros cinco compañeros de prisión. ¿Cuál de ellos es U. N. Owen? Aunque no tengamos prueba alguna, apostaría por Wargrave -indicó Lombard.
- ¡Oh! -exclamó Vera, sorprendida. Tras reflexionar un instante, preguntó-: ¿Por qué?
-No sabría explicarlo exactamente. En primer lugar es viejo y ha presidido los tribunales durante muchos años y le ha podido trastornar esa autoridad intangible que tenía. Puede ser que Wargrave se crea «Todopoderoso Señor de la Vida y de la Muerte de los hombres». Su cerebro se ha estropeado y nuestro viejo magistrado se considera como Juez Supremo y verdugo.
-Es posible -aprobó Vera.
-¿Por quién apuesta usted, miss Claythorne?
Sin vacilar, Vera respondió:
-Por el doctor Armstrong.
-¿Por el doctor? Es el último en quien yo habría pensado.
-Las muertes -continuó Vera- son debidas al veneno y esto revela la mano de un médico.
-En efecto, es verdad -admitió Lombard.
Vera persistió en su acusación.
-Cuando un médico se vuelve loco, es muy difícil darse cuenta. Muchos de ellos se extenúan por exceso de trabajo y tienen el cerebro fatigado.
-De acuerdo -dijo Philip-, pero no creo que Armstrong hubiera podido matar al general. No pudo hacerlo durante el corto instante que le dejé solo, al menos que corriese como una liebre y volviera corriendo también... Pero su falta de entrenamiento físico no le permite de ninguna forma realizar tal proeza.
Vera no se dejó ganar la partida.
-No ha sido en este momento cuando mató al general -remachó Vera-. Fue más tarde.
-¿Cuándo?
-Cuando fue a buscarle antes de ir a comer.
Philip lanzó un silbido muy significativo.
-¿Usted cree que lo hizo entonces? ¡Sí que tiene sangre fría!
-¿Qué riesgo corría? Ninguno, pues es el único que posee conocimientos suficientes para decirnos que la muerte se remontaba a una hora o más. ¿Y quién le podía contradecir?
Philip miró a la joven con gesto pensativo.
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