Diez negritos (Agatha Christie) - pág.68
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-¿Y ha estado usted allí hasta la hora de la comida?
-Sí, señor.
-Ahora, a su vez, miss Claythorne -continuó el viejo magistrado-, hable usted.
-Esta mañana me he paseado, en efecto, con miss Brent. Después he estado dando una vuelta por la isla y me he sentado al lado del general para charlar un rato.
-¿Qué hora sería en aquel momento? -la interrumpió el juez.
Por primera vez la respuesta de Vera fue evasiva.
-No sé con certeza. Seguramente una hora antes de la comida o un poco más.
-¿Era antes o después de que nosotros le habláramos? -preguntó Blove.
-Lo ignoro. De todas maneras le encontré muy raro.
-¿En qué sentido lo juzga raro? -insistió Wargrave.
Vera respondió en voz baja y temblorosa:
-Me dijo que íbamos a morir todos... y que él esperaba su fin. Me asustó...
El juez admitió con un movimiento de cabeza y preguntóle:
-Y después, ¿qué hizo?
-Volví a la casa y antes del almuerzo salí de nuevo y estuve detrás de la finca. Todo el día me he sentido muy nerviosa.
-No queda más que Rogers por preguntar, aunque dudo que la declaración pueda añadir algo más a lo que ya conocemos.
Rogers, convocado ante este tribunal improvisado, no tenía gran cosa que decir. Toda la mañana había trabajado en el arreglo de la casa y en preparar la comida. Antes de ésta, llevó los combinados a la terraza y después subió a su habitación para recoger sus ropas personales y trasladarlas a otra habitación. En toda la mañana no había mirado por las ventanas y por tanto no sabía nada que pudiese esclarecer el misterio de la muerte del general. En todo caso él juraba que al poner los cubiertos había visto los ocho negritos de porcelana sobre la mesa del comedor.
Cuando el criado terminó de declarar se produjo un silencio.
Luego el juez Wargrave carraspeó y Lombard murmuró al oído de Vera:
-Ahora verá cómo el juez va a resumir nuestras declaraciones.
-Hemos hecho, con toda nuestra competencia, la encuesta de las circunstancias que envuelven las tres muertes que nos ocupan. Hay muchas probabilidades contra ciertas personas, pero no podemos, sin embargo, declarar de forma fehaciente a los demás inocentes en toda complicidad. Reitero mi afirmación de que existe un asesino peligroso y probablemente loco entre las siete personas aquí reunidas. Nada nos deja adivinar quién es. Por ahora, lo único que podemos hacer es tomar las medidas necesarias para ponernos en comunicación con la costa y pedir auxilio.
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