Diez negritos (Agatha Christie) - pág.65
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En cuanto a la muerte del joven Marston es muy difícil descubrir al culpable; hemos supuesto que alguien desde la terraza, por la ventana abierta echó en el vaso, que estaba en la mesa, el veneno. Pero también es cierto que uno de los que estábamos en el salón hubiera podido hacerlo. No recuerdo exactamente si Rogers estaba en la habitación en esos momentos, pero los demás sí que estábamos presentes.
Después de un silencio continuó:
-Ocupémonos ahora de la muerte de la mujer de Rogers. En este caso los dos principales sospechosos son el marido y el médico; tanto el uno como el otro reúnen todas las probabilidades.
Armstrong se levantó tembloroso.
-¡Protesto de esa insinuación! Juro haber administrado tan sólo la dosis necesaria para que descansara...
-¡Doctor!
La voz del juez invitando al doctor a que no continuase sirvió para interrumpirle, mas continuó:
-Su indignación me parece natural, pero admito, sin embargo, que nosotros debemos tomar en consideración todos los aspectos que los hechos presentan. Usted o Rogers son los que tuvieron más facilidad de hacerlo. Ahora consideremos la posición de los otros invitados. ¿Qué posibilidad teníamos Blove, miss Brent, miss Vera, Lombard y yo de echar el veneno en el vaso? ¿Puede alguno ser inocente? No lo creo.
Vera exclamó furiosa:
-No me encontraba cerca de la mujer, ustedes fueron testigos.
El juez Wargrave reflexionó un instante.
-Por lo que recuerdo, he aquí cómo ocurrió. Si me equivoco, les ruego que me rectifiquen. Marston y usted, Lombard, dejaron el cuerpo sobre el sofá y el doctor vino a examinarla. Mandó a Rogers en busca del coñac, y entonces nos inquietamos por saber de dónde provenía la voz acusadora y nos dirigimos todos a la habitación contigua, a excepción de miss Brent, que permaneció sola con la mujer desvanecida.
Los colores aparecieron en la cara de miss Brent, la cual dejó su labor y declaró:
-¡Es monstruoso eso!
El juez, implacable, continuó:
-Cuando volvimos a esta habitación, usted, miss Brent, estaba inclinada sobre la mujer.
Emily Brent replicó:
-¿La piedad es, pues, un crimen a sus ojos?
-Yo me ajusto a los hechos. En ese momento Rogers regresaba con el coñac que podía haber envenenado antes. El vasito con el licor le fue dado a la enferma y poco después, entre el doctor y Rogers ayudaron a acostarla, dándole Armstrong un sedante.
-Eso es lo que pasó -confirmó Blove-.
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