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Diez negritos (Agatha Christie) - pág.63

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Nadie de entre nosotros parece darse cuenta de esta situación extraordinaria. ¿Hay alguien entre nosotros a quien podamos eliminar por los testimonios que poseemos?
El doctor Armstrong se apresuró a decir:
-Soy un médico conocido, y la idea de que yo pudiese ser objeto de una sospecha...
Con un gesto de la mano el juez frenó al orador, declarando con voz agria:
-Yo también soy un personaje conocido, pero eso nada prueba. En todos los tiempos ha habido médicos que perdieron la cabeza y magistrados que se volvieron locos y también -añadió dirigiéndose a Blove-, ¡policías!
-Sea lo que fuere -intervino Lombard-, creo que las señoras quedan libres de nuestras sospechas.
El juez enarcó las cejas, y elevando su voz, tan conocida en tribunales, dijo:
-Debo deducir, según usted, que las mujeres están exentas de locura homicida.
-Evidentemente no, pero parece imposible que...
Se calló, pues Wargrave se dirigía al médico.
-Doctor, según usted, ¿una mujer tiene la fuerza física suficiente para dar el golpe que ha matado al pobre MacArthur?
El médico respondió con calma:
-Perfectamente, si emplease el instrumento necesario, un mazo o un martillo.
-¿Y eso no exigiría un esfuerzo extraordinario por su parte?
-Ninguno.
El juez Wargrave torció su cuello de tortuga y continuó:
-Las otras dos muertes resultaron por la absorción de un veneno, y en esto no hay discusión posible; ese acto pudo ser realizado por una persona sin necesidad de emplear el más mínimo esfuerzo físico.
Vera exclamó con cólera:
-¡Pero usted está loco!
Lentamente, el juez volvió los ojos hacia ella y la envolvió con su mirada fría e impasible de hombre acostumbrado a juzgar a los humanos. Vera pensaba: «Este juez me observa como un objeto de experimentación y -la idea vino de repente con gran sorpresa suya- a este hombre no le soy simpática.»
Muy dueño de sus palabras, el magistrado le aconsejó:
-Querida jovencita, le ruego que trate de dominar sus sentimientos. Yo no acuso -e inclinándose hacia miss Brent-; espero, miss Brent, que usted no se habrá ofendido por mi insistencia al considerarnos a todos igualmente sospechosos.
Miss Brent no levantó la cabeza de su labor. Y con un tono glacial respondió:
-La idea de que pudiese ser acusada de la muerte de uno de mis semejantes, y con mayor motivo si son tres, parecerá grotesca a los que conozcan mi carácter. Pero comprendo la situación: siéndonos extraños los unos a los otros, nadie puede dejar de ser sospechoso, ya que ninguno puede presentar pruebas de su inocencia.


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