Diez negritos (Agatha Christie) - pág.61
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En aquel momento la lluvia caía a raudales y el viento soplaba con fuerza. Mientras Blove y Armstrong subían las escaleras con el cuerpo del general, Vera penetró en el desierto comedor.
Estaba tal como lo habían dejado; los entremeses permanecían intactos sobre la mesa. Vera se dirigió hacia ella y en este momento Rogers entró despacito.
Sobresaltándose al ver a la joven y, mirándola fijamente balbució:
-Miss... venía a ver...
-Usted tiene razón, Rogers. Véalo usted mismo: No quedan más que siete.
El cadáver yacía sobre la cama. Después de un breve examen, el doctor abandonó el dormitorio y bajó a reunirse con los demás. Los encontró reunidos en el salón.
Miss Brent se entretenía con su labor. Vera, de pie cerca de la ventana, miraba la lluvia caer a raudales. Blove estaba sentado. Lombard se paseaba nervioso por la habitación.
En el fondo de la estancia estaba con los ojos cerrados, instalado en un butacón, el juez Wargrave.
A la entrada del doctor pareció despertar y preguntó:
-¿Y qué, doctor?
Muy pálido, Armstrong respondió:
-No se trata de una crisis cardíaca ni de nada por el estilo. MacArthur fue golpeado con un martillo o algo parecido en la cabeza.
Hubo un ligero murmullo, pero la voz del juez Wargrave lo extinguió:
-¿Ha encontrado el instrumento del crimen?
-No.
-Pero usted parece estar muy seguro de lo que dice.
-Segurísimo.
-Ahora sabemos exactamente dónde estamos -declaró, calmado, el juez.
No había lugar a duda: el juez tomaba el mando de la situación. Durante la mañana permaneció inmóvil en el butacón de mimbre, evitando desplegar toda actividad. Pero ahora asumía la dirección del asunto con toda la autoridad que le confería la práctica de sus largos años de magistrado.
Esclareciéndose la voz, tomó la palabra:
-Esta mañana, sentado en la terraza, les observé a ustedes. Sus intenciones no me dejaron duda alguna. Han registrado la isla en busca y captura de un asesino desconocido.
-Es cierto -respondió Lombard.
El juez continuó:
-Ustedes están de acuerdo conmigo referente a la muerte de Marston y de la señora Rogers; no fueron accidentales y tampoco pueden considerarse como suicidios. ¿Se han formado ustedes alguna idea sobre las intenciones que tuvo mister Owen al traernos aquí?
-Es un loco, un desequilibrado -estalló Blove con rabia.
-Es evidente, pero eso no cambia en nada la consecuencia de sus actos, nuestros esfuerzos deben dirigirse hacia el mismo final.
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