Diez negritos (Agatha Christie) - pág.55
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-Leslie...
Cuando volvía Blove de la casa llevaba una cuerda bajo el brazo; encontró a Armstrong en el mismo sitio en que lo había dejado, fija la mirada en las profundidades marinas.
-¿Dónde está Lombard? -preguntó con curiosidad.
-Ha ido a comprobar una de las hipótesis -le respondió Armstrong- Estará aquí dentro de un minuto. Mire, Blove, estoy intranquilo.
-Todos lo estamos, me parece.
-Seguro... seguro... pero usted no me comprende. Me inquieto por el viejo general.
-¿Qué es lo que le pasa?
Con una mueca el doctor contestó:
-¿No buscamos a un loco? ¿Qué piensa usted de él?
-¿Usted le cree capaz de cometer asesinatos? -preguntó Blove, incrédulo.
-No diré tanto. No soy especialista en enfermedades mentales y no he tenido una conversación con él; ni le he podido estudiar, pues, desde ese punto de vista.
-Chochea, sí, se lo concedo del todo convencido, pero de eso a sospechar que...
-Usted tiene razón -le interrumpió-. El asesino se oculta en la isla. ¡Por ahí viene Lombard!
Ataron la cuerda con solidez a la cintura de Lombard.
-Trataré de ayudarme yo mismo. Esperen siempre a que sacuda la cuerda bruscamente.
Durante algunos instantes los dos hombres siguieron con la vista el descenso de Lombard.
-¡Es ligero como un mono! -exclamó Blove con voz extraña.
-Ha debido hacer alpinismo -observó el médico.
-Eso diría.
Un silencio se hizo entre los dos hombres y el ex inspector de policía emitió esta opinión:
-Es un bicho raro, entre nosotros. ¿Sabe usted lo que pienso?
-Le escucho.
-No me inspira confianza ninguna.
-¿Por qué?
-No podría explicarlo claramente, pero le creo capaz de todo.
-Usted ya sabe la vida que ha llevado de aventuras.
-Sí. Pero apostaría a que muchas de sus aventuras no ganarían nada al ser sacadas a la luz.
Después de una pausa preguntó al médico:
-¿Por casualidad ha traído usted su revólver, doctor?
-¿Yo? Claro que no. ¿Por qué?
-¿Por qué Lombard tiene el suyo?
-Sin duda alguna por costumbre.
Blove refunfuñó.
Una violenta sacudida se sintió en la cuerda y durante unos instantes tanto Blove como el médico emplearon todas sus fuerzas para que no se soltase la cuerda. Cuando ésta quedó bien tirante, Blove observó:
-¡Hay costumbres y costumbres! Que Lombard, para ir a un país salvaje, lleve el revólver, su saco de provisiones, su infiernillo y polvos contra las pulgas no es extraño, pero esa costumbre no le haría trasladarse aquí con su equipo colonial.
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