Diez negritos (Agatha Christie) - pág.53
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-Nadie ha podido subir por aquí.
Armstrong bajó la cabeza.
-Evidentemente, está bien escarpado. Pero ¿dónde se oculta el individuo?
-Puede ser que haya una abertura disimulada en las rocas -apuntó Blove-. Con una barca podríamos dar la vuelta a la isla.
-Si tuviéramos una barca estaríamos camino de la costa -replicó Lombard.
-Es cierto, señor.
-En cuanto a esta parte del acantilado -dijo Lombard- no existe más que un sitio, hacia la derecha, donde puede que haya un rincón allá abajo. Si encontramos una cuerda bastante sólida me comprometo a bajar y nos aseguraremos.
-La idea no es mala -observó Blove-, aunque reflexionando me parece un tanto peligrosa. Pero voy a ver si encuentro alguna cuerda.
Con paso ligero se fue hacia la casa.
Lombard levantó los ojos hacia el cielo: las nubes comenzaban a juntarse y la fuerza del viento crecía por momentos.
-Parece usted taciturno, doctor. ¿Qué piensa?
-Me pregunto hacia qué grado de locura camina el viejo general MacArthur.
Vera sintióse toda la mañana nerviosa; rehusó la compañía de miss Brent con manifiesta repugnancia.
La solterona llevó una silla a un rincón de la casa resguardado del aire y sentóse haciendo la labor de mano.
Cada vez que Vera pensaba en ella parecía estar viendo una cara ahogada con los cabellos mezclados con algas marinas... una figura que seria bonita... muy bonita quizá... y que ahora no inspiraba piedad ni temor. Sin embargo, Emily Brent, aplacada y confiada en su virtud, seguía haciendo su labor.
En la terraza, el juez Wargrave estaba como apelotonado en una butaca de mimbre, con la cabeza hundida en el cuello.
Mirándole, Vera se imaginaba ver a un hombre joven de cabellos rubios y ojos azules asustados, sentado en el banquillo de los acusados; a Edward Seton. Con sus manos arrugadas, el juez se cubría con un birrete negro antes de pronunciar la sentencia de muerte.
Tras un momento de indecisión descendió con paso lento hacia el mar. Llegó a la extremidad de la isla, donde un viejo, sentado, miraba el horizonte fijamente.
El general MacArthur, pues era él, se removió al acercarse Vera. Volvió la cabeza, y en sus ojos vio un destello de curiosidad y de aprensión. Extrañada, la joven se sobresaltó. Una idea había surgido en su mente.
«Es extraño. Diríase que él sabe...»
-¡Ah, es usted! -dijo el general.
Vera tomó asiento a su lado, en las rocas.
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