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Diez negritos (Agatha Christie) - pág.39

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Página 39 de 121



Pensaba: «Si tuviese un soporífero enérgico. Terminaría con esta vida miserable tomándome una fuerte dosis. Podría ser veronal... o cualquier droga similar... pero no cianuro.»
Se estremeció al pensar en la cara descompuesta de Anthony Marston.
Al pasar por delante de la chimenea miró el cuadro de metal con los versos de la popular canción.

Diez negritos se fueron a cenar.
Uno de ellos se asfixió y quedaron
Nueve.

Y se dijo:
«¡Es horroroso! Exactamente lo que ha pasado esta noche.»
¿Por qué Anthony Marston se suicidó?
Vera no pensaba en hacerlo. Rechazaba de su mente la idea de su muerte. ¡Morir... estaba bien para los demás!


6


El doctor soñaba.
Hacía un calor excesivo en la sala de operaciones.
Seguramente habían exagerado los grados de temperatura. El sudor cubría su cara. Sus manos húmedas sostenían torpemente el bisturí.
¡Qué aguzado estaba este instrumento!
Se podía fácilmente matar a alguien con una hoja tan afilada. En este momento mataba a un ser humano.
El cuerpo de su víctima le era indiferente. No era la gruesa mujer de la otra vez, pero sí una forma delgada a la cual no le veía la cara.
¿Por qué tenía, pues, que matarla? No se acordaba de nadie. Le falló, por lo tanto, su ciencia.
¿Y si interrogase a la enfermera?
Esta le observaba... pero nada decía... Leía la desconfianza en sus ojos.
¿Quién era, pues, esta persona echada sobre la mesa de operaciones?
¿Y por qué le habían tapado la cara?
¡Al fin! Un joven interno quitó el pañuelo y descubrió los rasgos de la mujer.
Era Emily Brent, naturalmente, con sus ojos maliciosos. Movía los labios. ¿Qué decía?
«En plena vida pertenecemos a la muerte.»
Ahora se reía..
-No, señorita; no le ponga ese pañuelo -decía a la enfermera-; tengo que darle el anestésico. ¿Dónde está la botella de éter? ¡La traje conmigo! ¿Qué ha hecho usted con ella, señorita...?
«Quite ese pañuelo, señorita, se lo ruego.»
«¡Ah! Ya me lo parecía. ¡Este es Anthony Marston! Su semblante rojo y convulso... pero no está muerto, se está mofando, os juro que se burla... sacude la mesa de operaciones... señorita, sujétele, sujétele bien.»
El doctor se despertó sobresaltado. Ya era de día y el sol entraba a raudales en la habitación. Alguien, inclinado sobre él, le sacudía.
Era Rogers. Un Rogers emocionado y asustado.
-¡Doctor! ¡Doctor!


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