Cita con la muerte (Agatha Christie) - pág.165
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encantadores, monísimos, como dice Raymond. Y en cuanto a Jinny, bueno, creo que
Jinny es un talento.
Dirigió su mirada al otro lado de la mesa, a aquella cara encantadora, enmarcada
por el cabello rojo dorado, y, de repente, tuvo un pequeño sobresalto.
Durante un momento, se puso muy seria. Lentamente, se llevó la copa a los labios.
- ¿Está usted brindando, madame? - preguntó Poirot.
Sarah respondió:
- De repente... he pensado... en ella. Al mirar a Jinny, he visto, por primera vez, el
parecido. Es la misma fuerza, sólo que en Jinny hay luz allí donde en ella sólo había
tinieblas.
Ginebra dijo inesperadamente:
- Pobre mamá... era mala... Ahora que todos somos tan felices, siento pena por ella.
Nunca consiguió lo que esperaba de la vida. Tuvo que ser muy desgraciada.
Casi sin que mediara pausa, su voz tembló ligeramente al pronunciar unas palabras
de Cimbelina, mientras los otros escuchaban hechizados: «Ya no tengas miedo del calor
del sol, ni de la rabia furiosa del invierno; has completado tu tarea en este mundo, has
vuelto a casa y has obtenido tu premio».
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