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Cita con la muerte (Agatha Christie) - pág.66

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le habló de sus perros y de la tía que la había criado.
Luego, a su vez, Raymond le contó algo de su propia vida, de un modo muy
inconexo.
Después de eso hubo un largo silencio. Tenían las manos unidas. Estaban allí
sentados, como niños, cogidos de las manos y extrañamente contentos.
Entonces, al tiempo que el sol empezaba a declinar, Raymond se agitó:
- Voy a regresar ahora - dijo -. No, no contigo. Quiero volver solo. Hay algo que
tengo que decir y hacer. Cuando lo haya hecho, cuando me haya probado a mí mismo
que no soy un cobarde, entonces... entonces... no me avergonzaré de venir a ti y pedirte
que me ayudes. Voy a necesitar de verdad tu ayuda. Es probable que tenga que pedirte
dinero prestado.
Sarah sonrió.
- Me alegro de que seas realista. Puedes contar conmigo.
- Pero primero tengo que hacer esto yo solo.
- ¿Hacer qué?
La cara infantil de Raymond se endureció súbitamente.
- Tengo que poner a prueba mi coraje. Es ahora o nunca - dijo.
Luego, bruscamente, dio media vuelta y se marchó.
Sarah apoyó la espalda contra la roca y miró cómo se perdía su figura. Algo en sus
palabras la había alarmado ligeramente. Raymond parecía tan tenso, parecía hablar
tan en serio. Por un momento, deseó haberlo acompañado...
Pero se reprendió a sí misma severamente por ese deseo. Raymond había querido
estar solo para probar su recién adquirido valor. Era su derecho.
No obstante, ella rogó con toda su alma que aquel valor no le fallase...
El sol se ponía cuando Sarah avistó de nuevo el campamento. A medida que se
acercaba, pudo distinguir, en medio de la pálida luz, la inexorable figura de la señora
Boynton, todavía sentada en la boca de la cueva. Sarah se estremeció un poco ante la
visión de aquella imagen inmóvil...
Al pasar por el camino que quedaba justo debajo, se apresuró y llegó a la carpa
iluminada.
Lady Westholme estaba sentada tejiendo un jersey azul marino, con una madeja de
lana colgada alrededor del cuello. La señorita Pierce bordaba unos anémicos


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