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Cita con la muerte (Agatha Christie) - pág.58

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reanudar la marcha por la mañana temprano.
Los cuatro se reunieron para desayunar a las seis en punto. No se veía ni rastro de
ninguno de los Boynton. Después de que lady Westholme protestase porque no había
fruta, tomaron té, leche condensada y huevos fritos, los cuales nadaban en una buena
cantidad de manteca y estaban rodeados de tocino salado.
Luego iniciaron la excursión. Lady Westholme y el doctor Gerard discutían,
animadamente por parte de aquélla, el valor exacto de las vitaminas en la dieta y el
tipo de nutrición apropiada para las clases trabajadoras.
De pronto, oyeron una llamada procedente del campamento y se detuvieron para
esperar que otra persona se uniese a la expedición. Era el señor Jefferson Cope, que
corría hacia ellos con la cara roja y sofocada a causa del esfuerzo.
- Si nos les importa, me gustaría ir con ustedes esta mañana. Buenos días, señorita
King. ¡Qué sorpresa encontrarles a usted y al doctor Gerard aquí! ¿Qué les parece todo
esto?
Con un ademán señaló las fantásticas rocas rojas que se extendían por todas partes.
- Me parece maravilloso y también un poco horrible - dijo Sarah -. Siempre me lo
había imaginado como un lugar romántico y de ensueño: la Ciudad Rosa. Pero es
mucho más real de lo que pensaba. Tan real como... un filete de ternera crudo.
- Ése es justamente el color que tiene - confirmó el señor Cope.
- Pero, de todas maneras, es maravilloso - admitió Sarah.
El grupo comenzó a escalar. Dos guías beduinos los acompañaban. Ambos eran altos
y de andar ágil. Subían balanceándose con gran despreocupación, calzados con unas
botas de clavos que les permitían fijar completamente los pies en el resbaladizo suelo
de la falda de la montaña. Pronto empezaron las dificultades. Sarah y el doctor Gerard
resistían bien las alturas, pero el señor Cope y lady Westholme no se sentían muy
felices y a la pobre señorita Pierce tuvieron casi que llevarla en brazos por los lugares
más peligrosos, mientras ella, con los ojos cerrados y la cara verde, gemía sin cesar.
- Nunca he podido mirar hacia abajo desde las alturas.


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