Cita con la muerte (Agatha Christie) - pág.49
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dispusiese cómo debía ser colocado el equipaje, la expedición partió.
La primera parada fue en el Mar Muerto. Comieron en Jericó. Después, lady
Westholme, armada de un Baedeker, salió con la señorita Pierce, el doctor y el guía a
hacer un recorrido por el viejo Jericó. Mientras tanto, Sarah permaneció en el jardín
del hotel.
Le dolía un poco la cabeza y quería estar sola. Notaba cómo la invadía una profunda
depresión, una depresión que no podía explicarse. Se sentía repentinamente inquieta y
desinteresada, sin ganas de hacer turismo y aburrida por sus compañeros de viaje. En
aquel momento deseó no haber iniciado nunca aquella excursión a Petra. ¡Iba a salirle
muy cara y además estaba casi segura de que no se lo pasaría bien! La atronadora voz
de lady Westholme, los interminables gorjeos de la señorita Pierce y las protestas del
guía contra los sionistas, estaban destrozando sus nervios. Casi el mismo disgusto le
producía el doctor Gerard, con aquel aire de saber exactamente lo que ella sentía.
Se preguntó dónde estarían los Boynton en aquel momento. Tal vez habían ido a
Siria, a Baalbek o a Damasco. Raymond. Se preguntó qué estaría haciendo. Era
extraño que recordara tan claramente su cara, su ansiedad, su timidez, su tensión
nerviosa...
¡Qué diablos! ¿Para qué seguir pensando en gente a la que seguramente no volvería
a ver? Recordó la escena que había tenido hacía unos días con la vieja. ¿Qué fue lo que
se apoderó de ella en aquel momento para abordar a la anciana y soltarle todas
aquellas tonterías? Seguramente alguien más oyó parte de aquella conversación. Se
figuraba que lady Westholme debía de estar muy cerca cuando ocurrió el incidente.
Sarah trató de recordar exactamente lo que había dicho. Seguramente debió de sonar
como una serie de absurdos proferidos por una histérica. ¡Dios! ¡Vaya forma de ponerse
en ridículo! Pero, en realidad, no era culpa suya sino de la señora Boynton. Había algo
en aquella mujer que hacía que cualquiera perdiese el sentido de la proporción.
El doctor Gerard apareció y se dejó caer en una silla, al tiempo que se secaba la
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