Cita con la muerte (Agatha Christie) - pág.26
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casó con ella. Desde entonces, todo ha seguido igual. Ella ha continuado siendo una
celadora, la nuestra. Por eso nuestra vida es como la de alguien que está en la cárcel.
Carol volvió a mirar a su alrededor.
- Se han dado cuenta de mi ausencia. Tengo que irme.
Sarah la agarró del brazo cuando se marchaba.
- Un momento. Tenemos que vernos otra vez y hablar.
- No puedo. Es imposible.
- ¡Sí que puede! - dijo Sarah autoritariamente -. Vaya a mi habitación después de la
hora de acostarse. Es la trescientos diecinueve. No lo olvide, trescientos diecinueve.
Soltó a la muchacha y Carol corrió a reunirse con su familia.
Sarah se quedó allí parada mirándola fijamente mientras se alejaba. Cuando salió
de sus pensamientos, descubrió al doctor Gerard a su lado.
- Buenos días, señorita King. ¿Así que ha estado usted hablando con la señorita
Carol Boynton?
- Sí, hemos sostenido la más extraordinaria conversación que pueda imaginarse.
Déjeme que le cuente.
Repitió lo esencial de su charla con Carol. Al llegar a cierto punto, Gerard se
sobresaltó.
- ¿Ese viejo hipopótamo era celadora en una cárcel? Podría ser muy significativo.
- ¿Quiere decir que de ahí procede su tiranía? - preguntó Sarah -. ¿La costumbre de
su antigua profesión?
Gerard movió negativamente la cabeza.
- No. Eso es abordar la cuestión desde un ángulo equivocado. Esa mujer no ama la
tiranía por haber sido celadora en una cárcel. Sería mejor decir que se hizo celadora
porque amaba la tiranía. Según mi teoría, fue el secreto deseo de ejercer su poder
sobre otros seres humanos lo que la empujó a adoptar esa profesión.
Con suma gravedad, el doctor continuó:
- Hay cosas muy extrañas enterradas en el subconsciente. Ansia de poder, anhelos
de crueldad, deseos salvajes de destrucción. Todo ello es la herencia del pasado más
ancestral de nuestra raza. Todo está ahí, señorita King, la crueldad, el salvajismo, la
lujuria... En nuestra vida consciente, cerramos la puerta a esas cosas y las negamos,
pero a veces son demasiado fuertes.
Sarah se estremeció.
- Lo sé.
- Hoy en día podemos verlo mirando a nuestro alrededor - continuó Gerard -, en los
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