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Cita con la muerte (Agatha Christie) - pág.10

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Al hacerlo pasó junto a la familia
Boynton.
El doctor Gerard, que los observaba atentamente, vio cómo la mirada de la señora
Boynton se clavaba en su hijo y cómo los ojos del muchacho se encontraban con los de
ella. Cuando Sarah pasó, Raymond Boynton volvió la cabeza, no hacia la joven, sino
hacia el otro lado. Fue un movimiento lento y forzado; parecía como si la vieja señora
Boynton hubiese tirado de una cuerda invisible.
Sarah King se dio cuenta de que él la evitaba y era lo bastante joven y lo bastante
humana para sentirse molesta por ello. ¡Habían mantenido una conversación tan
amistosa en aquel pasillo balanceante del tren! Habían comparado sus notas acerca de
Egipto y se habían reído del ridículo modo de hablar que tenían los vendedores
callejeros. Sarah le había contado una anécdota acerca de un camellero, que la había
abordado diciéndole, en un tono esperanzado y a la vez insolente: «¿Tú, dama inglesa o
americana?», y al que ella había respondido: «No, china». ¡Y el placer que había sentido
al comprobar el total aturdimiento de aquel hombre cuando la miraba!
Sarah pensó que el muchacho se había comportado como un encantador y ansioso
colegial. Incluso podría decirse que había habido algo casi patético en su ansiedad. Y
ahora, sin ninguna razón, parecía avergonzado y se portaba como si fuera un grosero.
Era francamente descortés.
- No volveré a preocuparme por él - decidió Sarah indignada.
Porque Sarah, sin ser excesivamente vanidosa, tenía un concepto muy alto de sí
misma. Se sabía muy atractiva para el sexo opuesto y no estaba dispuesta a aceptar
un desprecio.
Quizá se había mostrado demasiado amable con aquel muchacho. Por alguna razón
oscura, había sentido lástima por él.
En cambio, en aquel momento resultaba evidente que no era más que el típico joven
americano descortés, engreído y grosero.
En vez de escribir las cartas de las que había hablado, Sarah King se sentó frente al
tocador, peinó hacia atrás su cabellera y, fijando la vista en aquellos desconcertados
ojos color avellana que le devolvían la mirada desde el espejo, se puso a repasar su


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