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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.159

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por la tarde, camino de Fugima, donde excavan los italianos. Pero cuando llegué al
Tell no encontré ni un solo europeo y, por desgracia, no sé una palabra de árabe. No
tuve tiempo de venir hasta la casa. Salí de Fugima esta mañana a las cinco. Estaré dos
horas con usted y luego me uniré al convoy. Eh bien, ¿qué tal va la temporada?
Fue horrible.
Aquella voz alegre: aquellas maneras positivas y toda la agradable cordura de un
mundo cotidiano, tan lejano ahora. Llegó alegremente, sin saber nada y sin darse
cuenta de lo que en aquellos momentos pasaba; lleno de cordial afabilidad.
No fue extraño que el doctor Leidner diera un respingo y mirara, en muda súplica,
al doctor Reilly.
El médico aprovechó la ocasión.
Se llevó al hombrecillo, que era un arqueólogo francés, llamado Verrier, y le puso al
corriente de la anormal situación.
Verrier se horrorizó. Durante los últimos días había estado en las excavaciones
italianas, en pos de la civilización, y no se había enterado de nada. Se deshizo en
condolencias y excusas. Finalmente fue hacia el doctor Leidner y lo abrazó con calor.
- ¡Qué tragedia! ¡Dios mío, qué tragedia! No sé cómo expresarlo. Mon pauvre collège.
Y sacudiendo la cabeza, en un último e inefectivo esfuerzo para demostrar sus
sentimientos, el hombrecillo subió a su coche y se fue.
Como he dicho antes, aquel intermedio cómico en la tragedia pareció realmente más
espeluznante que todo lo que había ocurrido.
- Lo que debemos hacer ahora es desayunar - dijo el doctor Reilly, con firmeza -. Sí,
insisto en ello. Vamos, Leidner, tiene usted que comer algo.
El pobre doctor Leidner estaba destrozado. Vino con nosotros al comedor, donde se
sirvió un tétrico desayuno. Creo que el café caliente y los huevos fritos nos sentaron
muy bien a todos, aunque nadie tenía ganas de comer. EL doctor Leidner tomó un poco
de café y no probó nada más, limitándose a desmigajar el pan. Tenía la cara pálida;
contraída por el dolor y las preocupaciones.
Una vez acabado el desayuno, el capitán Maitland volvió a ocuparse del asunto.


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