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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.158

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Entonces
dijo que iba a dar un paseo antes de acostarse. Nadie le vio regresar de aquel paseo. El
portalón, como de costumbre, se había cerrado a las nueve. No obstante, no había
quien recordara haber descorrido los cerrojos por la mañana. Cada uno de los criados
creía que era el otro el que los había descorrido.
¿Volvió el padre Lavigny la noche anterior? ¿Había descubierto, en el curso de su
primer paseo, algo sospechoso, y al ir a investigar más tarde había acabado por ser la
tercera víctima?
El capitán dio la vuelta al oír acercarse al doctor Reilly, quien llevaba tras de sí al
señor Mercado.
- Hola, Reilly. ¿Averiguó algo?
- Sí. El ácido procedía del laboratorio. Acabo de comprobar las existencias con
Mercado.
- El laboratorio... ¿verdad? ¿Estaba cerrado?
El señor Mercado sacudió la cabeza. Le temblaban las manos y su cara se contraía
en espasmos. Tenía el aspecto de un hombre deshecho física y moralmente.
- No solíamos cerrarlo - tartamudeó -, pues... precisamente ahora... lo utilizábamos
constantemente. Yo... nadie pensó...
- ¿Lo cierran todo por las noches?
- Sí... se cierran las habitaciones. Las llaves quedan colgadas en la sala.
- Por lo tanto, si alguien posee la llave de la sala de estar, puede coger todas las
demás.
- Sí.
- Supongo que será una llave corriente.
- Sí.
- ¿No hay nada que indique si fue ella misma la que cogió el veneno del laboratorio?
- preguntó el capitán Maitland.
- Ella no fue - dije en voz alta, con tono firme.
Sentí que alguien me daba un golpecito en el brazo. Poirot estaba junto a mí.
Entonces ocurrió algo espeluznante.
No espeluznante en sí; fue su incongruencia, en realidad, lo que le hizo parecer así.
Entró en el patio un coche y un hombrecillo saltó de él. Llevaba un salacot y una
gabardina corta y gruesa. Fue directo hacia el doctor Leidner, que estaba al lado del
doctor Reilly, y le estrechó la mano calurosamente.
- Vous, voilá… mon cher - exclamó -. Encantado de verle. Pasé por aquí el sábado


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