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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.151

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Estaba paralizada... helada hasta los
huesos. No podía moverme. No me hubiera movido por nada del mundo. El terror me
hacía sentir enferma, muda y ciega a todo lo que no fuera aquella puerta.
Se abría lenta... silenciosamente...
Dentro de un momento vería...
Lenta... lentamente... cada vez era mayor la abertura entre la puerta y el marco...
Era Bill Coleman.
Debió recibir la impresión más grande de su vida.
Salté de la cama dando un grito y crucé de un brinco la habitación.
El muchacho se detuvo, con la cara más colorada que de costumbre y abriendo una
boca de palmo.
- ¡Hola, hola, hola! - dijo -. ¿Qué ocurre por aquí, enfermera?
Con un estremecimiento, volví a la realidad.
- ¡Dios santo, señor Coleman! - exclamé -. ¡Qué susto me ha dado!
- Lo siento - dijo él, haciendo una mueca.
Vi entonces que llevaba en la mano un ramo de ranúnculos de color escarlata. Eran
unas florecillas muy bonitas que crecían en estado silvestre en las laderas del Tell. A
la señora Leidner le habían gustado mucho.
Se sonrojó violentamente al decir:
- En Hassanieh no se pueden conseguir flores. No está bien que en su tumba no
haya ni un ramo. Y por ello pensé que podía venir y poner éste en el jarroncillo que
tenía sobre la mesa. Para que vean que no se le olvida... ¿verdad? Ya sé que es un poco
estrafalario, pero... bueno... tal era mi intención.
Opiné que era un rasgo muy delicado. El chico demostraba su embarazo, como todo
buen inglés al que se sorprende haciendo una cosa de carácter sentimental. Sí; Bill
tuvo un hermoso pensamiento.
- Pues yo creo que ha sido una idea muy delicada, señor Coleman - expuse en voz
alta.
Cogí el pequeño jarrón, fui a buscar agua y pusimos allí las flores.
Aquel rasgo del joven lo había ensalzado a mis ojos. Denotaba que tenía corazón y
buenos sentimientos.
Le quedé muy agradecida por no preguntarme las causas de que soltara aquel
alarido cuando entró él. De haber tenido que explicarlo, me hubiera sentido muy


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