Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.142
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La señorita Johnson explicó que se habían encontrado pocas tablillas y que igual
había pasado con los ladrillos cilíndricos. El padre Lavigny, no obstante, había tomado
parte en los trabajos de las excavaciones y estaba aprendiendo rápidamente el árabe.
La conversación recayó entonces sobre los sellos cilíndricos y al cabo de un rato la
señorita Johnson sacó de un armario unas cuantas impresiones hechas con ellos sobre
plastilina.
Pensé, cuando nos inclinamos para admirar aquellos vivos dibujos, que con estos
sellos debió estar trabajando ella la fatídica tarde en que asesinaron a la señorita
Leidner.
Mientras hablábamos vi que Poirot daba vuelta entre sus dedos a una pelotita de
plastilina.
- ¿Gastan mucha pasta de ésta, mademoiselle? - preguntó.
- Bastante. Al parecer, esta temporada hemos gastado ya mucha, aunque no puedo
recordar en qué. La mitad de la que teníamos ya ha sido utilizada.
- ¿Dónde la guardan, mademoiselle?
- Aquí... en el armario.
Mientras guardaba la hoja de plastilina que nos había estado enseñando, le mostró
un estante sobre el que se veían varias hojas más, botes de pegamento, engrudo y otros
artículos.
Poirot se inclinó.
- ¿Y esto?... ¿Qué es eso, mademoiselle?
Había deslizado su mano hasta el fondo del armario y sacó un extraño y arrugado
objeto.
Cuando lo alisó pudimos ver que se trataba de una especie de máscara. Los ojos y
boca habían sido pintados toscamente con tinta china. El conjunto estaba
embadurnado grotescamente con plastilina.
- ¡Qué cosa tan rara! - exclamó la señorita Johnson -. No la había visto antes. ¿Cómo
estaba ahí? ¿Qué es?
- De cómo llegó aquí... bueno... podemos considerar que cualquier sitio es bueno
para esconder una cosa. Supongo que este armario no se hubiera vaciado hasta el final
de la temporada. Y en cuanto a lo que es... creo que no resulta difícil de explicar. Aquí
tenemos la cara que la señora Leidner describió. La cara fantasmal vista de noche, en
la ventana, como si bailara en el aire.
La señora Mercado soltó un ligero chillido.
La señorita Johnson había palidecido súbitamente hasta los labios.
- Entonces, no eran fantasías - murmuró -.
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